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31 – El Proyecto Apostólico Común: un proceso

La planificación expresa el deseo de formular un itinerario para conseguir una meta que es considerada como clave en la identidad y el desarrollo de un individuo o una institución. La planificación es un camino trazado para llegar a un destino anhelado y deseado. Un destino que es, a la vez, presente y futuro: un presente porque ilumina los pasos que habría que asumir en un contexto determinado, pero también un futuro porque desde lo deseado se expresa la falta de conformidad con el presente.

El presente es la realidad, el futuro es el sueño. La complementariedad, a veces en tensión, entre estos dos polos permite no estancarse ni acomodarse al hoy, como también soñar con los pies bien puestos en la tierra. Sin sueño no hay futuro, pero este mismo futuro hay que ir construyéndolo desde un presente, con sus posibilidades y sus limitaciones.

En un contexto cambiante y globalizado, la Compañía de Jesús en América Latina ha sentido la necesidad de realizar una planificación de su acción apostólica para los próximos diez años, con una evaluación en el quinto año, pensando su trabajo en términos de redes interprovinciales y en la colaboración con tantas otras personas que comparten la espiritualidad ignaciana.

Por consiguiente, durante estos últimos dos años (2009 – 2010) los Provinciales de América Latina han estado en un proceso de discernimiento apostólico para buscar, hallar y cumplir la voluntad de Dios en la región como fieles servidores de la misión de Cristo. En este proceso de planificación no basta el cálculo humano de los medios y los fines, sino entra como factor central la profunda experiencia espiritual de ir descubriendo la presencia divina en los aconte-cimientos humanos. La lucidez racional precisa de una generosa libertad -en términos ignacianos, indiferencia- para disponerse a encontrar lo que Dios está pidiendo a la Compañía en América Latina.

Esta planificación discernida giró en torno a cuatro ejes: (a) contexto, (b) misión, (c) prioridades y (d) acciones. Desde el contexto de las sociedades latinoamericanas reflexionar sobre la misión (iluminada por el Documento de Aparecida y la Congregación General XXXV) y, a la vez, desde la comprensión de la misión entender el contexto (sociedad, Iglesia, Compañía de Jesús en América Latina). Esta interrelación entre contexto y misión permite establecer la formulación de unas prioridades que en medio de todas las urgencias se consideran como los más importantes. Las prioridades elegidas se hacen realidad en el momento en que se traducen en acciones apostólicas concretas que incidan sobre la realidad a partir de la identidad del cuerpo apostólico.

Estos cuatro pilares fundamentales guiaron el proceso de la elaboración del Proyecto Apostólico Común (PAC). El itinerario de este proceso se desarrolló en tres etapas:

• información básica (la comprensión de la sociedad latinoamericana, de la Iglesia y de la Compañía en América Latina);

• consulta participativa (la participación del 54% del total de comunidades jesuitas en la región, los representantes de todas las obras/ redes interprovinciales, la voz de los colaboradores, los planes de las Provincias, y las prioridades de la Compañía universal), y

• deliberación para elegir las prioridades (6 en total) con sus consecuentes articulaciones apostólicas interprovinciales.

No basta elaborar un proyecto apostólico si éste no es asimilado por el cuerpo apostólico. Por ello, el siguiente paso consta en que cada miembro del cuerpo apostólico, junto con los colaboradores, haga suyas las prioridades, que son transversales y, por ende, se pueden traducir en acciones concretas en todas las áreas apostólicas. Lo importante no es tanto el plan en sí sino en cuanto el movimiento que se echa a andar.

Uno de los frutos que ya se puede observar es que cada vez más las distintas Provincias se sienten corresponsables de la misión en América Latina. Es mirar más allá de las necesidades y los desafíos de una Provincia para hacerse cargo también de lo que pasa en los otros países de la región. La universalidad, que requiere de la disponibilidad, es lo distintivo de la vocación jesuita. Por ello, esta mirada regional y este compromiso interprovincial constituyen una expresión ignaciana en el tiempo actual.

Escrito por: Tony Mifsud, sj, Coordinador del Sector Colaboración

Fuente: Revista Acción – Asunción, Paraguay, N° 310 , noviembre 2010 – Tema de Mes p. 24-25