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San Tomás Garnet

San Tomás Garnet en PDF

Santo Tomás Garnet es el crédito del actual Colegio de Stonyhurst, en Inglaterra. Él es el primero de los nueve mártires ingleses, jesuitas y diocesanos, educados en el Colegio de Saint Omer en Flandes. Este Colegio, después de muchas vicisitudes y mucho sufrimiento, termina por establecerse en Stonyhurst, en Lancashire.

Su familia

Richard Garnet es el padre de Tomás. Es hermano del P. Enrique Garnet, el Superior de los jesuitas ingleses. Richard ha estudiado en Oxford y es un profesor distinguido del Colegio de Balliol. En Oxford, Richard traba una profunda amistad con su colega Robert Persons, futuro jesuita.

En 1570, Richard es despojado de su cátedra y expulsado de la Universidad de Oxford por razones religiosas. En un principio determina viajar al continente para ser sacerdote, pero a última hora se decide por el matrimonio.

Richard Garnet, durante su vida, siempre tiene grandes problemas de dinero. Su condición de católico no le permite llegar a los cargos bien rentados.

Nacimiento y primera formación

Tomás nace en la parroquia de Santa María, en Southwark, Inglaterra, el año 1575. Su juventud transcurre en la ciudad de Horsham, en Sussex.

En los archivos de la ciudad se conserva todavía una anotación sobre Richard, “su mujer y pobres hijos”, como refractarios a la fe de Inglaterra.

Después de un examen, Tomás es admitido en el Collyer’s School, de Horsahm. Esta escuela es protestante, pero su padre Richard vigila atentamente por la fe católica de Tomás.

En Saint Omer

A los dieciséis años, Tomás es enviado al continente, al Colegio de Saint Omer, para los estudios de humanidades. Allí transcurren los próximos tres años.

Es poco lo que podemos decir del período pasado por Tomás en Saint Omer.

Para las clases, los alumnos ingleses salen todos los días, desde el Colegio Inglés hacia el Walloon College, donde los jesuitas belgas tratan de entender y enseñar a los británicos.

La adaptación le resulta dura a Tomás. Pero, en las tardes, se siente a gusto al regresar a su Colegio que le recuerda la patria. Lo compara con su Escuela de Horsahm, con el ambiente protestante y la inseguridad allí siempre presente. Este enclave católico inglés, en el continente, le permite asumir bien la separación de la familia.

Valladolid

El 21 de febrero de 1596, viaja a Valladolid, España. Tomás y cinco amigos deciden continuar allí los estudios de teología. Han ido por mar, desde Calais.

Primero, los alojan en una casa de huéspedes. Es un prerrequisito, porque la presencia de espías ingleses obliga a tomar precauciones. Además, deben ser interrogados acerca de sus vidas y movimientos.

Tomás es admitido en el Seminario el 7 de marzo. Seis meses después, pronuncia el acostumbrado juramento misionero de regresar a Inglaterra, prescrito por las autoridades eclesiásticas, para después de la ordenación.

En Valladolid, Tomás encuentra a algunas de sus antiguas amistades. El bienaventurado John Filcock, futuro mártir jesuita, es uno de sus mejores amigos. Tiene muchos proyectos comunes con Andrés White, el futuro jesuita y fundador de la Compañía de Jesús en la colonia de Maryland, en América.

Inglaterra

Ordenado sacerdote, a los veintitrés años de edad, es enviado a Inglaterra como compañero del futuro mártir benedictino Mark Barkworth. Ambos salen de Valladolid en julio de 1599.

Debido a la peste, que azota a España, los dos viajeros deben dormir en despoblado, ya que las puertas de las ciudades están cerradas por la infección. Cruzan Navarra y los Pirineos para llegar a La Rochelle, la fortaleza hugonote. Desde allí, después de algunos incidentes, navegan hasta Inglaterra.

Una vez en la patria, los dos sacerdotes se separan. Mark Barworth ingresa a los benedictinos y después de un año es capturado y, a fines de febrero de 1601, muere mártir en Tyburn.

Para Tomás, esa muerte es doblemente dolorosa, porque junto a él es martirizado el jesuita Roger Filcock, “uno de mis mejores y más queridos amigos“.

Ministerios en la patria

Tomás Garnet ejerce el ministerio sacerdotal durante seis años. Es difícil seguir su trayectoria. Parece seguro que residió un tiempo en Suffolk, en Coldham Hall, en la casa de Ambrosio Rookwood a quien había conocido en los años de Saint Omer. Después de la ejecución de Ambrosio, Tomás admitió, en 1607, haber tomado el alias de Tomás Rookwood.

Como sacerdote diocesano, Tomás queda bajo la autoridad del Arcipreste George Blackwell. No hay obispos católicos, en ese tiempo, en Inglaterra. De esa época conservamos una nota de Tomás:

“Camino de lugar en lugar buscando almas que se han descarriado y están en el error respecto al conocimiento de la verdadera Iglesia católica”.

También establece contacto, como es lógico, con su tío Enrique Garnet, el Provincial de la Compañía de Jesús en Inglaterra. Y a través de él, es amigo de varios jesuitas.

En la Compañía de Jesús

En 1604, Tomás solicita a su tío, el P. Enrique Garnet, ser admitido en la Compañía de Jesús.

En su discernimiento, dice que ha vivido seis años de ministerios en Inglaterra y que ha observado a los jesuitas. Para él, los de la Compañía de Jesús son los principales defensores de los derechos de la Santa Sede. Esos derechos aparecen condenados en el reciente juramento de fidelidad a la reina que las autoridades exigen. Con pena, él dice haber constatado que algunos católicos, y también sacerdotes, están prestando ese juramento.

La admisión de Tomás en la Compañía tiene la fecha del 29 de septiembre de 1604. El noviciado deberá hacerlo en los Países Bajos. Existe un proyecto para abrir un Noviciado inglés en la ciudad de Lovaina, y Tomás puede ser uno de los primeros.

Pero antes de viajar nuevamente al continente, estalla el Complot de la Pólvora, contra la reina Isabel.

En la persecución que sigue a ese complot, el P. Enrique Garnet es detenido y ejecutado el 3 de mayo de 1606.

La primera detención de Tomás

También Tomás es capturado. Es internado en la cárcel de Gatehouse, de Westminster y, más tarde, en la Torre de Londres.

Seis jueces, encabezados por Sir Robert Cecil, lo acosan con mil preguntas. Tratan de incriminarlo en el complot, debido a su parentesco con el P. Enrique Garnet. En un momento Cecil grita enfurecido: “Por Dios, yo haré que confieses tu traición. De lo contrario te la arrancaré con mis uñas, o con las tuyas”.

Tomás es amenazado con esa tortura: la de sufrir las aceradas agujas en las uñas de los dedos. Pero él mantiene la calma. Se defiende y logra aplacar la ira de los jueces.

Permanece ocho meses en la Torre de Londres. Ese invierno es extremadamente crudo. Con un colchón raído y con una frazada delgada, Tomás pasa mucho frío. Muy pronto contrae reumatismo y ciática. El carcelero, Sir William Wade, nada hace por mejorar esas tristes condiciones.

Una pretensión fallida

Sir Robert Cecil, el ahora Lord Salisbury, continúa haciendo lo imposible para que Tomás incrimine a su difunto tío jesuita. Le hace llegar una carta, dando a entender que es de su tío, escrita en la víspera de su ejecución y en la cual el P. Garnet admitiría algunos cargos en su contra. A Tomás sólo se le pide que firme haberla recibido.

Tomás no cae en la trampa. Nada sabe, prisionero en la Torre, de la muerte de su tío.

“¿Cómo puedo mentir contra mi conciencia? ¿Cómo puedo admitir que mi tío me haya enviado esta carta, o que ésta sea su letra, cuando ciertamente no lo es?” Con esta declaración despide al mensajero.

Al fin, Cecil se convence de que el prisionero no ha tomado parte en el Complot de la pólvora. Los acusadores han fracasado. Los jueces no encuentran evidencias.

Se le aplica la proclamación real de junio de 1606 y, con otros cincuenta prisioneros, es deportado.

Lovaina

En el continente, los Superiores de la Compañía lo obligan a recuperar las fuerzas. “Su salud no es de primera clase. No podemos esperar mucho de él. Está muy deteriorado. Cuando estuvo en los calabozos de la Torre, contrajo en el invierno una fuerte ciática”.

Terminado el tiempo de descanso, Tomás inaugura el primer Noviciado de la Provincia inglesa de la Compañía de Jesús, el de San Juan Bautista, que se abre en la ciudad de Lovaina.

El 1 de febrero de 1607, comienza esta etapa que debió haber sido la primera de su vida religiosa. Tomás, de 32 años, es el número uno en la lista de los siete novicios. El Maestro de novicios es el célebre P. Tomás Talbot. Entre sus compañeros está Andrés White, de 28 años, su amigo de Valladolid.

A diferencia de sus compañeros, Tomás emite los votos de pobreza, castidad y obediencia, solamente cinco meses después, el 2 de julio de 1607. La prisión, los juicios y los sufrimientos, le son computados como pruebas de su firmeza.

De nuevo en Inglaterra

A mediados del mes de septiembre, Tomás está de nuevo en Inglaterra. Cruza el Canal de la Mancha en “un pesado barco de Calais“, es decir, en un navío francés que hace el recorrido ordinario entre Calais y Londres.

En casa del Arcipreste George Blackwall, se junta a dos compañeros y se dirige a Southwark, un poco más al norte de la Torre. No conocemos sus siguientes movimientos.

Seis semanas después, es detenido y llevado a la cárcel de Gatehouse. Es casi seguro que fue apresado cuando viajaba desde Londres a Suffolk, posiblemente hacia Coldham Hall. Consta, eso sí, que los católicos de Cornwall habían solicitado sus servicios sacerdotales.

Quien lo traiciona es un sacerdote apóstata, Anthony Rouse. Este había sido ordenado en el Colegio de Douai. A su regreso a Inglaterra, Rouse había trabajado bien durante algunos años. Al igual que Tomás, había sido detenido y desterrado. Pero vencido por el sufrimiento, deja la fe católica. Ahora lo reconoce y lo entrega al perseguidor llamado Humphrey Cross. Este le quita la espada y la daga de su disfraz, el breviario, el rosario y algunas cartas. De nuevo es conducido a Gatehouse.

Es cierto, algunos años después de su traición, Anthony Rouse se arrepiente. Viaja a Bélgica y es recibido por los jesuitas ingleses en la ciudad de Lovaina.

La segunda detención de Tomás

En los meses siguientes, Tomás es interrogado por una comisión encabezada por Tomás Ravis, el obispo de Londres. En ese entonces, el sacerdocio de Tomás parece estar en un segundo plano. El interrogatorio se centra en el Juramento de Supremacía y en las razones que tiene Tomás para rehusarlo.

El Juramento inglés, que se presenta a Tomás, sostiene que se debe aborrecer, detestar y abjurar, como impía y herética, la doctrina que permite al Papa excomulgar a un soberano y así quedar éste expuesto a la deposición y al asesinato de sus súbditos.

La corona inglesa ha hecho fuerte presión en orden a que todos los súbditos presten ese juramento. Ha tenido éxito con un grupo de católicos. La palabra “asesinato” es fuerte y parece ir más allá de lo permitido. Por supuesto, ha sido colocada para provocar la confusión. El mismo Arcipreste George Blackwell, después de su detención, en junio de 1607, ha sido inducido, no sólo a pronunciar el juramento, sino también a escribir una carta, para que los católicos lo acepten. El juramento, así entendido, no implicaría negar la supremacía de la Santa Sede. Solamente se juraría que no se puede asesinar.

El Juramento de Fidelidad

Parece cierto que Tomás algo sabe, en la prisión, acerca de la actuación del Arcipreste y de su carta a los católicos. Las Actas del juicio, de Tomás, parecen confirmarlo.

En el acta del interrogatorio del 25 de octubre, y en siguiente, aparece:

“Se le muestra el Juramento de Fidelidad y se le pregunta si él está dispuesto a prestarlo. La contesta que desea reflexionar. Se le concede un plazo”.

“Se le informa por medio del obispo de Londres que el Arcipreste Blackwell y el señor Charnocke han prestado el juramento. La contesta que examinará su contenido y que desea tener una entrevista con ellos. También esto se le concede”.

No sabemos si la entrevista se realiza. Pero, en los siguientes interrogatorios, Tomás no sigue el mismo parecer del Arcipreste Blackwell.

En el interrogatorio del 7 de noviembre, Tomás se declara súbdito fiel del rey Jacobo, pero “dice que no puede, en justicia, prestar el juramento“.

De hecho, con esa respuesta, Tomás se adelanta al Breve romano, del 1 de febrero de 1608, por el cual se remueve al Arcipreste George Blackwell y se designa, en su reemplazo, a George Birkhead.

El 7 de abril de 1608, Tomás nuevamente rechaza prestar el juramento “porque él piensa que es una violación de la fe católica abjurar como herejía algo que la Iglesia no ha definido como tal, y no es evidente que la doctrina que permite al Papa excomulgar sea una herejía”.

El interrogatorio postrero

El 15 de junio de 1608, tiene lugar el último interrogatorio. Junto al obispo de Londres, está Sir William Wade, el gobernador de la Torre, el más encarnizado perseguidor.

Nuevamente se trae a colación el ejemplo del ex Arcipreste Blackwell. Tomás declara que no seguirá el parecer de Blackwell.

El Juez principal propone, como en otras ocasiones, una postergación, esta vez de cuatro meses. Sir William Wade se opone:

No, esta vez no. Debe ser trasladado a Newgate. Ese es el único lugar para este obstinado“.

En la corte, todos saben que Newgate es la antesala de la muerte, la cárcel anterior a Tyburn: el lugar de ejecuciones.

El obispo de Londres sonríe a Wade: “Como Ud. guste. Su Majestad desea que este hombre muera. Dejémoslo morir”

Entonces Tomás levanta la cara. Dice que él está listo, totalmente listo, para ir a Newgate y a Tyburn.

La carta al Superior

Al día siguiente, Tomás se las arregla para escribir una carta al P. Richard Holtby quien es el Superior jesuita, después de la muerte del P. Enrique Garnet.

En ella, pide autorización para prestar un juramento de fidelidad compuesto por él, después de mucha oración. En la misma carta, suplica que sus amigos católicos no hagan planes, ni de libertad ni de fuga. Para él nada es más deseable que una muerte en Tyburn.

El juramento de Tomás

El 19 de junio, Tomás es llevado a la corte para escuchar la sentencia. No se le nombra un defensor, como es la costumbre. Tomás acepta el procedimiento. Él prefiere responder por sí mismo.

La acusación ha sido resumida en cuatro cargos: sacerdote, jesuita, desleal al rey, y no querer prestar el juramento de fidelidad.

Para el primer cargo se presentan tres testigos que dicen haber visto, en las paredes de la Torre de Londres, las palabras “Tomás Garnet, sacerdote“. La inscripción está escrita, varias veces, en la celda donde Tomás ha estado prisionero desde hace dos años. Tomás dice que no puede negar el escrito, pero que debe probarse, con claridad y sin posibilidad de duda, el nombre del autor.

El segundo cargo, dice Tomás, debe ser probado. Y hasta el momento, nadie ha podido presentar pruebas suficientes de que él sea un jesuita.

En cuanto al tercer cargo, Tomás lo rechaza con vehemencia. Él es un súbdito leal del rey Jacobo. Para probarlo, saca de su bolsillo el juramento autorizado por el P. Holtby. Con voz clara, lo lee ante la corte:

“Yo, Tomás Garnet, con sinceridad y con el corazón, declaro públicamente, delante de la corte celestial, que prestaré a mi legítimo Rey Jacobo toda fidelidad y obediencia, debida a él conforme a la ley natural y a la ley divina de la verdadera Iglesia de Cristo. Si este testimonio de mi lealtad no es considerado suficiente, quiera Dios y el mundo juzgarme. Ningún súbdito puede prometer y jurar una obediencia más completa que la aprobada por la Iglesia de Jesucristo. Esta es mi convicción. Que Dios me ayude en la hora de mi muerte”.

Los jueces rehusan aceptar ese juramento. Ni siquiera permiten que la confesión escrita por Tomás salga de la corte. Arrancan el papel de sus manos y lo rompen. No lo conoceríamos si el original no hubiera estado escrito en la carta dirigida al P. Richard Holtby.

El cuarto cargo es el único que puede mantenerse, dice Tomás. Afirma haber rechazado el juramento y que jamás lo prestará ante el tribunal. Pero declara que su negativa no puede ser considerada, según la ley, como una traición. Conforme a la misma ley, su rechazo es solamente motivo de una amonestación, y nada más.

En la antesala de la muerte

A pesar de su defensa, Tomás es sentenciado a morir. No por la religión, sino por negarse a prestar fidelidad al Rey. Será ahorcado, le sacarán las entrañas y será descuartizado.

Los días que pasa en el “Limbo“, o celda de los condenados, los conocemos muy bien, por los escritos dejados por varios testigos que estuvieron con él.

El día jueves 23 de junio de 1608 es la víspera de la fiesta de San Juan Bautista, patrono del Noviciado de Lovaina. Es el mismo Tomás quien hace el recuerdo. Esa mañana, su amigo protestante, Mr. Masten, lo encuentra festejando. En la tarde anterior, Tomás ha estado deprimido, por sentirse indigno del martirio y temeroso de una posible postergación. Se ha quejado amargamente de los robos efectuados por sus amigos católicos que lo han visitado. A Tomás no le agrada que guarden reliquias suyas.

Pero ese día, Mr. Masten lo encuentra risueño, con los ojos chispeantes. “Ciertamente, en el tiempo que lo conocí, nunca lo vi tan feliz. Repartió liberalmente casi todo su dinero entre los carceleros. Dijo que, primero, había pensado darlo todo, pero después pensó que el verdugo tendría gran disgusto si no encontraba dinero en sus bolsillos”.

Dijo sus oraciones. Al ruego de Mr. Masten, aceptó beber algo caliente. Tomás le recuerda que esa Vigilia de San Juan es un día de fiesta y que está contento de poder celebrarla con un “vino caliente”.

A las nueve de la mañana le avisan que la carreta, su rastra de cañas, está en la puerta y lo espera.

En ese último momento, el sheriff de la prisión le indica que un adivino desea analizar su mano y así poder atestiguar que Tomás no es un jesuita. Tomás sonríe y no acepta. El adivino le suplica que, por lo menos, ante la multitud congregada en Tyburn, afirme que no muere por la religión sino por traición al rey.

Tomás Garnet sonríe de nuevo y, rápidamente, inventa una respuesta: ” Señor, un hombre que obedece a su rey, no es un traidor. Yo estoy obedeciendo a mi rey. La ha ordenado: el sacerdote que regrese a Inglaterra debe morir. Yo he regresado a Inglaterra y, con plena voluntad, estoy obedeciendo al rey. Por lo tanto, doy mi cuerpo al César y mi alma a Dios”. Y sin esperar la respuesta del adivino, corriendo sube a la carreta.

La muerte

Un traqueteo a caballo, por el viejo camino hacia Oxford, lo lleva hasta Tyburn, el lugar del suplicio. Hay allí unas mil personas, tal vez más, trescientos jinetes y muchos carruajes. El nombre de “Garnet” es un atractivo. Muchos todavía recuerdan la muerte de su tío, en la Plaza de San Pablo, hace dos años: “el notable jesuita“, como lo llaman.

Junto al patíbulo, el hermano mayor de Sir Robert Cecil, durante media hora, conversa con el que va a morir. Le dice que, sin duda, Tomás sabe que muchos sacerdotes católicos han aceptado el juramento. Son numerosos también los que sostienen que puede prestarse. Le dice que hay argumentos válidos en los dos sentidos.

La respuesta de Tomás es rápida: ¿Cómo puedo jurar como cierto aquello que Ud. mismo me dice que es dudoso e incierto? No, ni por mil vidas aceptaré prestar ese juramento”.

Colocan, entonces, la cuerda en su cuello. Tomás se la saca. La bendice, la besa y se la vuelve a colocar. De pie, en el cadalso, pide permiso para hablar al pueblo. Hay un silencio de muerte.

Con voz entera dice: “Yo soy sacerdote de la Compañía de Jesús. Soy indigno de serlo y el peor de todos. He tomado algo de esa vida. Fui al continente y he regresado para la salvación de muchos. Hoy día, soy el hombre más feliz entre los vivos. Lo digo con toda la verdad de mi corazón”.

El ministro protestante lo interrumpe: “Pero, ¿no piensa Ud. que podría estar equivocado?”

Tomás le responde: “Si yo creyera estar equivocado, entonces podría jurar y conservar la vida”.

El ministro le echa en cara el que en el juicio no haya aceptado el cargo de ser sacerdote y jesuita y que recién ahora lo admita. Tomás le dice sonriendo que en la corte los cargos deben probarse, y no por propia confesión.

Cuando el hermano de Sir Robert Cecil le grita desde su carruaje si fue él quien grabó en la Torre de Londres el escrito “Tomás Garnet, sacerdote“, él contesta: “Sí, mi Lord, pero correspondía a Uds. el tener que probarlo”.

Cuando lo dejan en paz, Tomás continúa:

“Dios perdone a Rouse que me traicionó, a Cross que me detuvo, al obispo de Londres que me metió en la prisión, a Sir William Wade que pidió con tanta fuerza mi muerte, y al Procurador general que inventó tantas cosas contra mí. Que a todos les alcance la salvación y nos encontremos en el cielo. Ruego a Dios que mi sangre no caiga sobre el rey ni sobre esta tierra”.

Luego dice: ¿Puedo ponerme de rodillas? No, le contesta el verdugo.

Entonces, Tomás recita, en alta voz, el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo.

Más suavemente, empieza a cantar el himno Veni Creator Spiritus. Al entonar la frase: “Con tu palabra enriqueces la garganta“, el verdugo retira la carreta y Tomás Garnet queda suspendido en la horca.

El P. Miguel Walpole, su compañero y amigo jesuita, está presente. En una carta escrita, dos días después, cuenta que, al quitar el carro, dos o tres voluntarios corrieron a sostener a Tomás para así asegurarse de que no muriera antes de la carnicería dictada en la sentencia.

Un minuto después, Tomás muere. Enseguida, conforme a la sentencia, es descuartizado y sus miembros son echados al fuego.

Un hecho curioso

Finalmente, acontece un hecho muy curioso. Cuando el verdugo está ocupado en su horrenda tarea, un hombre harapiento vestido de verde sube al patíbulo y comienza a recoger la ropa de Tomás, incluso parte de su cuerpo destrozado.

Según la costumbre, la ropa del ajusticiado pertenece al verdugo. Y éste procede, enfáticamente, a defender su derecho. El hombre de verde le tira unas monedas y prosigue su tarea. Las monedas son de valor y el verdugo decide no pelear con el hombre.

El mendigo consigue, así, todo lo que quiere. De esa manera, William Atkinson, amigo íntimo de Tomás, logra hacerse con unas valiosas reliquias.

La glorificación

Tomás Garnet fue considerado mártir desde el día mismo de su muerte.

Poco más de trescientos años después, el papa Pío XI, en 1929, lo beatifica junto a un grupo de 136 mártires ingleses.

Santo Tomás Garnet fue solemnemente canonizado en Roma, el 25 de octubre de 1970, junto a Edmundo Campion, Alexander Briant, Roberto Southwell, Enrique Walpole, Edmundo Arrowsmith, Enrique Morse, Nicolás Owen, Felipe Evans y David Lewis, todos mártires ingleses de la Compañía de Jesús.