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San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola en PDF.

Es el Fundador y el Padre de la Compañía de Jesús. Nació en el país vasco en 1491 y murió en Roma en 1556.

San Ignacio es un hombre de dos épocas: la Edad Media y la Edad Moderna. Ambas las vive intensamente, en una búsqueda apasionada de la Voluntad de Dios. El se considera siempre un peregrino.

A la Edad Media pertenece su niñez y juventud, la conversión en Loyola, la estadía en Manresa, el viaje a Tierra Santa y sus primeros estudios en España. De este Medio Evo aprende la fe católica, firme como roca, en la Iglesia de Cristo.

La Edad Moderna comienza, para él, en París con los primeros compañeros. Continúa en Roma, con la fundación de la Compañía de Jesús.

Niñez y juventud

Iñigo es el octavo y último hijo varón. Sus padres son don Beltrán Ibáñez de Oñaz y doña Marina Sánchez de Licona, señores de la casa solariega de Loyola.

A la muerte del padre, cuando Iñigo cuenta apenas 16 años, pasa a vivir en la casa de don Juan Velásquez de Cuéllar, contador mayor de los Reyes Católicos. Allí, en Arévalo, se encuentra con los grandes de España. La Reina doña Juana, y la infanta doña Catalina. En Valladolid conoce al futuro Emperador Carlos V. En fin son diez años de corte, de vanidad y de placer.

Gentilhombre y soldado

En 1517 se incorpora a las huestes del duque de Nájera, el Virrey de Navarra. Tiene a su servicio actuaciones variadas y casi siempre exitosas, en Valladolid, Nájera y Guipúzcoa.

El 20 de mayo de 1521 cae herido, en la defensa de Pamplona contra los franceses, por una bala de cañón. Con una pierna destrozada y la otra malherida es llevado a la casa solariega de Loyola.

Conversión en Loyola

En Loyola, Iñigo es operado tres veces, sin mostrar “otra señal de dolor que apretar mucho los puños”, según el propio testimonio dejado en su Autobiografía.

Durante la larga convalecencia lee una Vida de Cristo y otra de los Santos. Se da tiempo para hacer un profundo discernimiento acerca de su futuro. Pasa de un sentimiento a otro. De la tristeza a la alegría, de la desolación a la consolación. Pero al fin vence la gracia. ¿Santo Domingo hizo esto? Pues yo lo tengo que hacer. ¿San Francisco hizo esto? Pues yo lo tengo que hacer.

Vela de armas en Montserrat.

Apenas puede, sale para Barcelona a cumplir sus propósitos. Tiene decidido embarcarse para peregrinar a Tierra Santa.

Al pasar por Montserrat, determina encomendar sus planes a la Santísima Virgen María. Decide hacerlo a la manera de los caballeros medievales. Primero hace una confesión general de sus pecados. Después cambia sus vestidos por los de un pobre peregrino.

La víspera de la fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo de 1522, pasa la noche en oración. A ratos de pie, a ratos de rodillas, junto a la Virgen morena. Así comienza su vida nueva.

Manresa

Al amanecer deja el monasterio de Montserrat y se encamina a la vecina ciudad de Manresa.

Decide prepararse mejor. En oración y ayunos emplea varios meses. Hubo períodos de paz, luchas interiores, dudas, escrúpulos y grandes ilustraciones. Se aloja en el Hospital de Santa Lucía. A veces, en el convento de los dominicos.

Sus largas horas de oración, generalmente las hace en una cueva, junto al río Cardoner. “Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres y en ninguna creatura. Muéstrame, Señor, tu camino”.

Una vez, junto al altar de la iglesia de los dominicos, rezando las Horas, le parece ver a la Santísima Trinidad, en figura de acordes musicales. Otras veces también, con los ojos interiores, contempla a Jesucristo y a la Virgen María.

Río Cardoner.

Entre las ilustraciones hubo una que repercute especialmente en Iñigo. Tiene enorme trascendencia en su vida. Es la ilustración del río Cardoner.

“Una vez fue, por su devoción, a una iglesia que estaba poco más allá de una milla de Manresa. El camino iba junto al río. Yendo así, en sus devociones, se sentó mirando hacia el río, el cual iba hondo. Estando allí sentado se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento. No es que sea una visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas espirituales, de fe y de ciencia. La ilustración fue tan grande que todas las cosas le parecieron nuevas. No podría declarar los detalles entendidos en esa ocasión, aunque fueron muchos. Recibió, eso sí, una gran claridad en el entendimiento. Siempre ha pensado, que en todo el trascurso de su vida, pasados ya los 62 años, juntando todas las gracias de Dios y todo lo aprendido, jamás alcanzó tanto como aquella vez sola. Le pareció ser otro hombre y tener otro entendimiento”.

Ese fue el Principio y Fundamento de sus Ejercicios espirituales.

Ejercicios espirituales.

En un cuaderno, Iñigo empieza a escribir sus experiencias de oración. Inmediatamente después de su Principio y Fundamento se siente movido a reflexionar muy seriamente en su vida pasada de pecado.

En un segundo tiempo, experimenta que el Señor lo llama a conocerlo internamente y a seguirlo. Jesucristo se le muestra como el Señor del universo. Iñigo, después, recorre, uno tras otro, los pasos de la vida de Jesús. Compara su propia vida con la de Cristo y se determina a seguirlo bajo su bandera.

En un tercer tiempo, Iñigo acompaña a Jesucristo en los pasos de la Pasión y en su Muerte. Pide dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna, por tanta pena como Cristo pasó por él.

Por último, vive el gozo de la Resurrección. Al final, se ofrece enteramente a conformarse con la Voluntad amorosa de su Criador y Señor. “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dame vuestro amor y gracia, que eso me basta”.

Viaje a Jerusalén

De Manresa sale el 18 de febrero de 1523. En Barcelona se embarca el 20 de marzo.

Desembarca en Gaeta. Y a pie llega hasta Roma. El domingo de Ramos pide al papa Adriano VI el permiso para realizar la peregrinación a Jerusalén. El 13 de abril, sale de nuevo, a pie, hacia Venecia. En Venecia se mantiene con limosnas y duerme en los pórticos de la plaza de San Marcos.

El 14 de julio se embarca con dificultad, por no tener dinero para el pasaje. Después de un mes de navegación, llega a Chipre. Desde ahí viaja a Jaffa, en otro navío. El 4 de septiembre de 1523 llega a Jerusalén. Los franciscanos salieron con la cruz alzada, al encuentro de los peregrinos.

En Tierra Santa permanece poco menos de un mes. Visita el Cenáculo, el Santo Sepulcro. Va a Betania y al monte Olivete. En Belén se queda dos días. En Jericó estuvo junto al río Jordán. También visita el monte de la Cuarentena.

Entusiasmado, Iñigo decide quedarse definitivamente en Tierra Santa. Los franciscanos, enérgicamente, se lo prohíben y lo obligan a regresar con los demás peregrinos.

El regreso

Nuevamente, en Jaffa y en Chipre. En este último puerto casi le impiden continuar. El dueño del barco se niega a llevarlo, porque no puede pagar el pasaje. “Es un santo”, le dicen los otros peregrinos. “Si es un santo, que vaya sobre las aguas, como el Apóstol Santiago”. Otro capitán, más benevolente, lo lleva a Venecia, a donde llega a mediados de enero de 1524.

Para ir al puerto de Génova, debe atravesar los campamentos de tropas, imperiales y franceses, en guerra por la posesión de Milán.

Barcelona

A la ciudad condal llega a mediados de febrero. Durante el viaje ha tenido, por cierto, mucho tiempo para reflexionar. A Iñigo el discernimiento le parece terminado. Ha resuelto empezar a estudiar, porque ello es necesario para cualquier trabajo apostólico.

Bajo la dirección de un maestro, estudia los rudimentos del latín. Y al mismo tiempo empieza a comunicar sus Ejercicios espirituales.

Alcalá

En 1526 se traslada a la ciudad universitaria de Alcalá. Inicia los estudios de filosofía. Pero por sus trabajos apostólicos progresa poco. Además enfrenta problemas con los tribunales de la Inquisición.

Si Iñigo no tiene estudios, no debe enseñar cosas de fe. El y sus discípulos podrían pertenecer a los alumbrados o iluminados. Por ello la Inquisición prohíbe a Iñigo toda enseñanza, mientras no complete cuatro años de estudios. Iñigo reza y apela al Arzobispo de Toledo. Este lo tranquiliza y le da dineros para que se traslade a Salamanca.

Salamanca

En esta ciudad universitaria la estadía de Iñigo resulta más breve todavía.

De nuevo, los problemas con la Inquisición. Lo ponen en prisiones. Los jueces examinan minuciosamente el pequeño libro con los apuntes de los Ejercicios espirituales. No encuentran nada reprensible, en la vida y en la doctrina. Pero repiten la sentencia de Alcalá. No podrá hablar de cosas espirituales hasta después de cuatro años de estudio. Iñigo decide, entonces, irse a París.

París

Viaja solo y a pie. En un asnillo lleva sus libros. Su firme propósito es dedicarse de lleno a los estudios. No desea repetir los errores de Alcalá y Salamanca. Su apostolado podría, por el idioma, estar dirigido solamente a estudiantes españoles y tal vez a portugueses. Nada más.

Llega a París el 12 de febrero de 1528. Comienza todos los estudios desde cero. Para el latín escoge el Colegio de Montaigu. Decide vivir de limosnas. Con el fin de conseguir dinero hace tres viajes a Flandes y uno a Londres.

El 1 de octubre de 1529 inicia los estudios de filosofía, en el Colegio de Santa Bárbara. Así termina la etapa medieval de su vida.

Pero debe seguir buscando. El quiere ser un hombre espiritual, de servicio de un solo Señor. Había amado el camino de la vida contemplativa pura. Pensó, en un primer momento, consagrarse en la Cartuja. Consideró la espiritualidad contemplativa y activa, con los dominicos en Castilla y los franciscanos en Tierra Santa. Pero el Señor parece, ahora, llevarlo por otro camino y el discernimiento debe continuar.

Los primeros compañeros

En el Colegio de Santa Bárbara es porcionista. Ser porcionista, en un colegio parisiense, es alquilar una “porción” de aposento. Se comparte con otros y se paga entre todos.

Iñigo tiene como compañeros de cuarto a su maestro Juan Peña y a otros dos estudiantes. Estos últimos, prontamente, pasan a ser sus mejores amigos: el saboyano Pedro Fabro y el navarro Francisco Javier.

El 13 de marzo de 1533 Iñigo se licencia en Artes, hoy Filosofía. El 5 de abril de 1534 se gradúa de Maestro. El diploma obtenido significa un cambio de nombre. Deja el de Iñigo y toma el de Ignacio.

Los estudios, los compañeros y la oración apostólica lo llevan a descubrir un nuevo camino espiritual, el del contemplativo en la acción. Ignacio comprende que la misma, y única, gracia divina es la que mueve al hombre, a la vida de oración y a la vida apostólica.

Pedro Fabro es el primero en hacer los Ejercicios espirituales y el primero, también, en decidirse a ser compañero definitivo de Ignacio. Francisco Javier lo sigue. Después, el portugués Simón Rodríguez y, poco más tarde, tres españoles Diego Laínez, Alfonso de Salmerón y Nicolás Alonso de Bobadilla.

Los Votos de Montmartre

El 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de la Virgen María, en una capilla de la colina de Montmartre, los compañeros hacen la oblación de sus personas. Los siete se consagran con voto de pobreza y de peregrinar a Jerusalén. La castidad la dan por entendida. Con realismo, si no es posible viajar a la Tierra del Señor, en el plazo de un año, se pondrán a disposición del Romano Pontífice, en Roma.

España

A comienzos de 1535 Ignacio cae gravemente enfermo. Los médicos consultados le recomiendan los aires natales. Sus compañeros están de acuerdo. Pedro Fabro queda, en París, como Superior del grupo.

En su tierra natal, Azpeitia, Ignacio se aloja en el hospital de pobres, pese a las presiones de su familia. Vive de limosnas. Enseña el catecismo a los niños. Predica en la ermita de Santa Magdalena. Después visita a los familiares de sus compañeros Francisco Javier, Diego Laínez y Alfonso de Salmerón.

Venecia

En noviembre de 1535 Ignacio viaja a Génova. Desde allí, a pie, pasa a Bolonia y después a Venecia.

En la ciudad ducal trascurre todo el año 1536. Termina los estudios de teología. Da los Ejercicios. Y se prepara para el encuentro con sus compañeros de París.

El 8 de enero de 1537 llegan los, ahora, nueve “amigos en el Señor”. A los seis primeros se han agregado, el saboyano Claudio Jayo y los franceses Juan Codure y Pascacio Broet. Han caminado a pie, en pleno invierno y a través de los países en guerra. Ignacio los abraza y les presenta a un nuevo compañero ganado por él, el Bachiller Diego de Hoces.

Tentativas de viaje

El 25 marzo de 1537, todos, menos Ignacio, viajan a Roma a pedir las licencias para pasar a Jerusalén. Allí obtienen también los permisos para recibir la Ordenes sagradas.

De regreso, en Venecia, se preparan para el acariciado viaje a Tierra Santa. Sin embargo, ese año 1537, no zarpa ninguna nave de peregrinos. Los rumores de que Venecia habría entrado en un pacto de alianza contra los turcos, impiden toda salida.

Las sagradas Órdenes

El 24 de junio de 1537 en Venecia, en su capilla particular, el Obispo de Arbe los ordena de sacerdotes.

Un mes después, todavía a la espera de la peregrinación, se dispersan por las ciudades cercanas. Ignacio, Fabro y Laínez estuvieron en Vicenza, en el monasterio abandonado de San Pietro in Vivarolo.

En octubre, Ignacio reúne a los compañeros y los invita a discernir sobre la alternativa de ir a Roma. Deciden esperar todavía un tiempo, antes de determinarse por el voto alternativo de Montmartre. Todos celebran sus primeras Misas, a excepción de Ignacio. En noviembre viajan definitivamente a Roma.

La Storta

En el camino de Roma tiene lugar un hecho de enorme importancia para la vida espiritual de Ignacio.

Antes de celebrar su primera Misa, él, en sus oraciones, ha empezado a pedir con insistencia a la Virgen María el “ser puesto con su Hijo”.

A 16 kilómetros de Roma, en un cruce de caminos, entran Ignacio, Fabro y Laínez, a una pequeña capilla, a orar. Allí Ignacio tiene una gran experiencia espiritual. Ve claramente que el Padre lo pone con Cristo, su Hijo.

El Padre le dice a Jesús, quien va con la cruz a cuestas: “Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo“. Jesús dice entonces a Ignacio: “Yo quiero que tú nos sirvas“. Y el Espíritu Santo le anuncia: “Yo os seré propicio en Roma”.

Fue una visión de la Santísima Trinidad, que queda grabada para siempre en el alma de Ignacio. Esta experiencia mística le da a Ignacio una seguridad definitiva. En ella ve la confirmación de su mínima Compañía de Jesús.

Roma

Los comienzos romanos fueron sencillos. Los Padres Diego Laínez y Pedro Fabro son invitados a dictar clases en la Universidad de la Sapienza. San Ignacio se entrega a la tarea de dar los Ejercicios.

En noviembre de 1538, trascurrido ya el año, se ofrecen al Papa Paulo III para el servicio de la Iglesia.

El Papa los acepta gustoso y los bendice.

La deliberación

San Ignacio dice su primera Misa la noche de Navidad en el altar del Pesebre, en la basílica de Santa María la Mayor. Y poco después empezaron, para todos, las misiones encomendadas por el Papa.

Se hizo, entonces, urgente deliberar. Al destinarlos el Papa a un sitio, ¿deben acudir como individuos, o como miembros de un grupo estable? La respuesta les resulta fácil, sin controversias. La unión hecha por Dios, no puede deshacerse. Entonces, ¿deben hacer voto de obediencia a uno de ellos, elegido como superior? Esta pregunta les presenta verdaderas dificultades. Si se deciden por el voto, temen ser incorporados a una orden religiosa ya existente. Por otra parte, la obediencia les parece necesaria para la cohesión del grupo.

Fueron muchos los días de deliberación, oración y discernimiento. Por fin, unánimente, resuelven dar obediencia a uno de ellos. Queda así aprobado el proyecto de fundar la Orden religiosa Compañía de Jesús. La deliberación termina el 24 de junio de 1539.

Fórmula del Instituto

San Ignacio fue el encargado de redactar las líneas esenciales de la nueva Orden.

En julio de 1539, el cardenal Gaspar Contarini presenta a Paulo III los Cinco Capítulos de la Fórmula del nuevo Instituto. El Papa los entrega para que sean examinados. Fueron calificados como “piadosos y santos”.

En Tívoli, Paulo III oye la lectura, de labios del mismo cardenal Contarini. De inmediato los aprueba “vivae vocis oraculo”, diciendo: “Aquí está el Espíritu de Dios”.

En la aprobación jurídica hubo algunas dificultades. El cardenal responsable, Bartolomé Guidiccioni, no encuentra objeciones a los Cinco Capítulos. Pero sí, al hecho mismo de la fundación de una nueva orden religiosa. El es, firmemente partidario de la reducción de las órdenes a sólo cuatro: benedictinos, cistercienses, franciscanos y dominicos.

San Ignacio acude, con perseverancia, a sus recursos habituales: oración y medios humanos. Ofrece decir tres mil misas en honor de la Santísima Trinidad y pide cartas de recomendación a personas influyentes.

La Compañía de Jesús

En septiembre de 1540, el cardenal Bartolomé Guidiccioni aprueba, por fin, el proyecto de la fundación. El 27 de septiembre de 1540 el Papa Paulo III firma la Bula “Regimini militantis Ecclesiae” con la cual aprueba y confirma a la naciente Compañía.

San Ignacio convoca, entonces, a los compañeros dispersos para la elección del Superior General.

General de la Compañía

En la Cuaresma de 1541 se reúnen en Roma, San Ignacio, Laínez, Salmerón, Broet, Jayo y Codure. Nicolás de Bobadilla está retenido en Nápoles por decisión del Papa. Pedro Fabro está en Alemania. San Francisco Javier y Simón Rodríguez esperan en Portugal el poder pasar a la India, también por decisión pontificia.

San Ignacio y Juan Codure son los elegidos para redactar las primeras Constituciones. La elección del Superior General se hace el día 5 de abril. En la urna también se ponen los votos de Pedro Fabro, Francisco Javier y Simón Rodríguez, dejados por ellos antes de salir de Roma. Por unanimidad, excepto su propio voto, San Ignacio es elegido primer General de la Compañía de Jesús.

San Ignacio representa y suplica ser liberado del cargo. La votación del 13 de abril es idéntica. San Ignacio no se da por vencido. Declara que dejará la decisión en manos de su confesor. Fray Teodoro de Lodi, franciscano del convento de San Pedro en Montorio, oye su larga confesión de tres días y le pide aceptar el cargo, el día de Pascua.

Votos solemnes

El 22 de abril de 1541, se reunieron todos en la capilla del Santísimo Sacramento, en la basílica de San Pablo extra muros. Allí, en la Misa celebrada por San Ignacio, ante el antiguo mosaico de la Virgen, hicieron la profesión solemne, primero San Ignacio y después todos los demás.

“Yo Ignacio de Loyola, prometo a Dios Todopoderoso y al Sumo Pontífice, su Vicario en la tierra, delante de la Santísima Virgen María y de toda la corte celestial, y en presencia de la Compañía, perpetua Pobreza, Castidad y Obediencia, según la forma de vivir que se contiene en la Bula de la Compañía de Jesús nuestro Señor, y en las Constituciones, en las ya declaradas como en las que adelante se declarasen. También prometo especial obediencia al Sumo Pontífice en lo referente a las misiones, de las que se habla en la Bula. Además prometo procurar que los niños sean instruidos en la doctrina cristiana, conforme a la misma Bula y Constituciones”.

Gobierno de la Compañía

San Ignacio no se mueve ya más de Roma. Su peregrinar termina con la elección de General. Desde ese día toda su preocupación es la Compañía de Jesús, las personas y las obras.

De inmediato comienza el fluir de los nuevos compañeros. Con caridad y agradecimiento al Señor, San Ignacio los recibe. Les da lo mejor de sí. Debe atender también, las muchas y diversas peticiones con que son requeridos.

El Papa los está dispersando por Europa. A Alemania, al coloquio de Worms y a la dieta de Ratisbona. Hacia Austria, España, Inglaterra e Irlanda, a los países eslavos y al Concilio de Trento. A toda Italia. Y también a Francia.

La dispersión mayor había comenzado antes, con la partida de San Francisco Javier hacia Portugal y de ahí a la India, Indonesia, Japón y China. Poco después los jesuitas deben partir al Brasil y a Etiopía.

San Ignacio ve partir, anima, organiza y ora por todos.

El Diario espiritual

Entre los escritos de San Ignacio se ha conservado un texto del año 1544. Es un cuadernillo de uso privado, donde él hizo anotaciones acerca de su experiencia personal de encuentro con Dios. Este Diario espiritual es un excelente testimonio de su elevada vida mística.

Sorprende ver a un San Ignacio, tentado, indignado contra la Trinidad, desolado, desierto de toda cosa espiritual, distraído, divagando con su mente. Sorprende la estructura simple de su vida espiritual. Hace diariamente oración formal, dice todos los días la misa y examina diariamente su conciencia.

En el Diario espiritual aparece también, en un solo todo, su actividad apostólica. En él están, las preocupaciones por el gobierno y las Constituciones de la Compañía de Jesús, por los destinos de las personas, su apostolado en Roma, la escasez de apóstoles, el contenido de sus cartas, las limitaciones propias y su enfermedad. Es la misma gracia divina, él lo experimenta, la que lo mueve a la contemplación y la acción apostólica.

Este Diario espiritual muestra el verdadero modo de proceder de San Ignacio. Es una síntesis de la espiritualidad del contemplativo en la acción.

Apóstol de Roma

San Ignacio supo darse tiempo para importantes obras apostólicas en la ciudad de Roma. Varias de ellas perduran a través del tiempo. He aquí, las principales:

La Compañía de los huérfanos en Santa María in Aquiro, para atender a las necesidades y educación de los niños desamparados.

La Compañía de la gracia, para atender a mujeres arrepentidas.

El Catecumenado de judíos en San Giovanni, in Mercatello, que resume la preocupación de San Ignacio por el bien espiritual y material de los judíos que quisieran recibir el Bautismo.

El Conservatorio delle virgini miserabili, para recoger a jóvenes en peligro.

La Compañía de los Santos Doce Apóstoles, para pobres vergonzantes.

El Colegio Romano. “Schola de grammatica, de humanità e dottrina cristiana, gratis”, que más tarde cambiará su nombre por el de Universidad Gregoriana.

El Colegio Germánico, para proveer de doctores y sacerdotes a los países del centro de Europa.

El Concilio de Trento

En la actividad desarrollada por San Ignacio, debe destacarse el trabajo de los jesuitas en el Concilio de Trento. Las dos primeras sesiones (1545-1547; 1551-1552) se celebran en vida de San Ignacio.

Desde el comienzo del Concilio, el P. Claudio Jayo acude a Trento como procurador del Obispo de Augsburgo, el Cardenal Otón von Truchsess.

En febrero de 1546, el Papa, con la aprobación de San Ignacio, envía al Concilio a los PP. Diego Laínez, Alfonso de Salmerón y Pedro Fabro.

En la segunda sesión, la de Bolonia, se une al Concilio San Pedro Canisio.

Expansión de la Compañía

A mediados de 1550, San Ignacio completa el texto de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

Casi al final de sus días, la Compañía cuenta con más de mil personas y se extiende ya por los cuatro continentes conocidos.

En España tiene tres Provincias, diecinueve Colegios y trescientos jesuitas.

En Portugal, la Compañía tuvo un espléndido desarrollo. A la muerte de San Ignacio, Portugal tenía 200 jesuitas en la Provincia madre y desde ella habían nacido las Provincias de India y Brasil. También las Misiones en Etiopía, el Congo y en el norte de África.

En Italia, los jesuitas pasan el número de los quinientos, distribuidos en dos Provincia y quince Colegios, sin contar las obras en Roma.

En Francia, en tiempos de San Ignacio, hubo dificultades con la Universidad de París que defendía las libertades galicanas de la Iglesia francesa. El Colegio de Clermont, en París, y sus treinta jesuitas, se distingue en la defensa de la fe.

En India y Extremo Oriente, San Francisco Javier trabajó incansable. Establece la Compañía de Jesús en la India. Sus primeros trabajos apostólicos fueron con los cristianos de rito malabar, muy abandonados. Después lleva, personalmente, la fe a Malasia, las Molucas y Japón. Muere a las puertas de China. A la muerte de San Ignacio, la Provincia de Oriente tenía un centenar de jesuitas, repartidos desde Japón hasta el Golfo pérsico.

En Brasil, los PP. Manuel de Nóbrega y el Bienaventurado José de Anchieta, fundan las ciudades de Río de Janeiro y Sao Pablo. Los treinta jesuitas, enviados en vida de San Ignacio, fundaron Colegios y evangelizaron a los colonizadores y a los indígenas.

San Ignacio tuvo la más firme esperanza de conseguir la unión de la Iglesia copta con la de Roma. Por ello acepta con gran entusiasmo la petición del Negus Claudio y designó a tres jesuitas, un Patriarca y dos obispos. Etiopía fue su misión más querida.

Muerte y glorificación

San Ignacio murió en Roma el 31 de julio de 1556.

Fue canonizado el 12 de marzo de 1622, junto con San Francisco Javier, Santa Teresa de Ávila, San Isidro Labrador patrono de Madrid y San Felipe Neri.

El Romano Pontífice lo declaró Celestial Patrono de los Ejercicios espirituales y de todos los Institutos, asociaciones y centros que tuvieren por finalidad dar o estudiar los Ejercicios.

Juan Pablo II lo señala como uno de los grandes místicos de la Iglesia occidental, junto a San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.