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Beato Pedro Fabro

Beato Pedro Fabro en PDF

Infancia humilde.

Pedro nació en Villaret, pequeña aldea de Saboya, en la Francia actual, el 13 de abril de 1506, el Domingo de Pascua.

“El Señor me hizo nacer de padres buenos, católicos y piadosos. Eran labradores, con suficientes medios temporales para proporcionarme los medios necesarios para la salud de mi alma, conforme al fin para que he sido creado .”

A los 10 años de edad, ayudado por un tío, prior de la Cartuja de Reposoir, inició los estudios bajo la dirección de un sacerdote.

“A los 12 años, pasando mis vacaciones mientras yo pastoreaba mi rebaño, prometí al Señor conservar perpetuamente la castidad”

En París: con Francisco Javier e Ignacio.

A los 19 años, en 1525, Pedro viajó a París a continuar sus estudios en la Sorbona. Como “porcionista”, cada cual pagaba una porción del aposento. Compartió en el Colegio de Santa Bárbara una habitación con otro estudiante: Francisco Javier, venido de Navarra. Muy pronto esos jóvenes, de la misma edad, se hicieron amigos.

“Recuerda, alma mía, los escrúpulos y remordimientos de conciencia con que el demonio comenzaba a angustiarme. Sin ellos, quizás, ni el mismo Ignacio me hubiera hecho conocer bien a Dios”

Después de acceder al grado de Maestro en Artes, recibió en enero de 1530 el encargo de preparar a Iñigo de Loyola, nuevo porcionista en la misma habitación, en los inicios de la Filosofía

“Era este buen español, no muy alto, ligeramente cojo y de ojos alegres. Después de haberme aprovechado de su conversación, gocé muy pronto de su intimidad. Llegamos a formar una sola persona en el deseo, en la voluntad y en la firme decisión de escoger la vía por donde hoy caminamos”.

En enero de 1534, Pedro hizo los Ejercicios Espirituales bajo la dirección de Iñigo. Se retiró 30 días a una casa solitaria junto a Saint Jacques.

“Aquí tengo que incluir los innumerables beneficios que me concedió el Señor al llamarme a tan alto grado. Y darle gracias porque en todo lo busqué a Él solo, sin ninguna intención de conseguir honores o bienes temporales”.

“Ojalá llegue pronto el momento en que yo no vea ni ame a ninguna creatura prescindiendo de Dios, sino más bien vea a Dios en todas las cosas, o por lo menos lo reverencie en ellas. De ahí podré subir al conocimiento del mismo Dios en sí mismo y, ver en Él a todas las cosas para que Él mismo sea para mí todo en todo, eternamente”.

“Para llegar a la santidad es necesario esforzarse en encontrar a Cristo que es camino, verdad y vida, en el centro de mi corazón; es decir dentro, debajo y arriba de mí, por medio de mi pensamiento y mis los sentidos”.

En mayo se ordenó de sacerdote. Celebró la Primera Misa el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena. Asistieron Iñigo y Francisco Javier, acompañados de otros jóvenes: Simón Rodríguez, Diego Laínez, Alfonso de Salmerón, y Nicolás Alonso de Bobadilla. Todos empezaban a ser “amigos en el Señor”.

“De todo me libró el Señor y me confirmó de tal manera con la consolación de su espíritu, que me decidí a ser sacerdote”.

Durante todo ese mes de julio ya habían comenzado a deliberar, los siete, sobre el futuro del grupo. Con el calendario en la mano, concretaron una peregrinación a Tierra Santa y pusieron plazo, el 25 de enero de 1537, para terminar los estudios.

Todo el proyecto quedó consolidado con el Voto de Montmartre: el 15 de agosto de 1534. Pedro, el único sacerdote del grupo, celebró la Eucaristía, y uno tras otro, de rodillas, pronunció en voz alta el juramento de servir a Jesucristo en pobreza y castidad y de hacer una peregrinación a Jerusalén.

“Todos nos fuimos a Santa María del Monte de los Mártires, a las afueras de París. Cada uno hizo voto de ir, a su debido tiempo, a Jerusalén, y a la vuelta, de someternos a la obediencia del Romano Pontífice”.

Ignacio de Loyola, ya Maestro en Artes, debió, por salud, viajar a España. Y Pedro quedó encargado del grupo parisino, con la autoridad de reclutar a nuevos compañeros. Una vez mejorado, Ignacio se les reuniría en Venecia para la peregrinación a la Tierra Santa de Jesús.

“Para esto es necesario que yo pida al Padre, que está en lo alto, autoridad; al Hijo, que está frente a mí como modelo por su humanidad, sabiduría; y al Espíritu Santo, que está dentro de mí, me dé bondad”.

Al grupo se añadieron un saboyano y dos franceses: Claudio Jayo, amigo de infancia de Pedro, Pascasio Broet, sacerdotes, y Juan Codure.

Siguiendo las instrucciones de Ignacio, cada 15 de agosto volvieron a Montmartre y renovaron los votos hechos. Diariamente hacían una hora de oración y examen de conciencia. Oían todos los días la Misa, se confesaban cada semana y comulgaban. Asistían a las clases de Teología en el convento de los dominicos y en el de los franciscanos.

Pedro Fabro escribió en el inicio de su Memorial:

“Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Rescató tu vida de la muerte, te corona de amor y de ternura. Colma de bienes tus deseos, después de haber perdonado todos tus pecados y seguir perdonándolos siempre. Sana todas tus dolencias y te concede la esperanza de que tu juventud se renueve como la del águila.

Adora, alma mía, al Padre celestial, alabándolo siempre y sirviéndolo con todas tus fuerzas. Adora a tu Redentor, Nuestro Señor Jesucristo que como camino, verdad y vida te enseña y te ilumina. Adora al Espíritu Santo que con su bondadosa comunicación cuida para que todo en ti sea limpio, recto y bueno.

Ruega la intercesión de la Madre bendita, Nuestra Señora, y de todos los santos y santas del cielo, y de todos aquellos, que, vivos o muertos, ruegan por ti en la Iglesia Católica”.

Una caminata increíble.

En noviembre de 1536 dejaron París. Salieron a pie con mal tiempo, en medio de una lluvia torrencial, divididos en dos grupos. En las posadas, los tres sacerdotes celebraban cada día la Misa en la que comulgaban los demás.

Pasaron por Meaux, caminaron por el valle del Marne. En Metz tropezaron con el grueso del ejército francés. Por el valle del Mosela llegaron al santuario de San Nicolás, en Nancy. La distancia de 150 kilómetros hasta Estrasburgo, la ciudad imperial convertida al protestantismo, la hicieron en tres días.

Caminando otros tres días, atravesando montañas y nieves, llegaron a Basilea. En esa ciudad, el culto católico había sido suprimido. Y la nieve fue profunda desde Basilea para adelante.

Los nueve caminantes salieron hacia Constanza, distante 160 kilómetros. Ninguno dominaba el idioma alemán Perdieron varias veces la ruta y caminaron hundiéndose en la nieve. En una aldea vieron cómo el pueblo festejaba la boda del párroco. En Weinfelden los obligaron a discutir con el párroco, casado y con varios hijos, sobre la verdadera fe. La ciudad de Constanza se les presentó en iguales condiciones.

Bordearon el lago y, después de dos días de marcha, se acercaron a Lindau, parando en el Hospital de los leprosos. Un día después llegaron a Felkirch, al otro lado del Rhin, en tierras católicas. Atravesaron los Alpes del Tirol, y se internaron por los desfiladeros cargados de nieve.

Desde el paso cordillerano de Brenero se dirigieron a Bolzano, y desde allí a Trento.

De todos esos peligros nos libró amorosamente el Señor”

El 8 de enero de 1537 llegaron a Venecia “fuertes y alegres de espíritu”. El viaje había durado 54 días y habían recorrido 1.500 kilómetros.

“Y nos dirigimos a los hospitales. Cuatro al Hospital de San Juan y San Pablo, y cinco al Hospital de los Incurables”.

Venecia, Roma, y de nuevo Venecia.

En la ciudad ducal, encontraron a Ignacio de Loyola en casa de su bienhechor, Andrea Lippomani. Ignacio abrazó a sus “amigos en el Señor” y se llenaron todos de gozo.

Hasta junio o julio no iban a zarpar las naves a Tierra Santa. Quedaban entonces seis meses de espera, incluyendo el viaje a Roma para pedir al Papa Paulo III el permiso para la peregrinación y poder recibir las Órdenes sagradas.

El 16 de marzo salieron hacia Roma a pedir el permiso. Fueron todos menos Ignacio, quien consideró que su presencia en Roma podría crear dificultades de parte del Doctor Pedro Ortiz, embajador del Emperador, con quien él había tenido algunos problemas en París. El viaje lo hicieron en suma pobreza, a pie, sin dinero, y mendigando, por amor de Dios, la comida.

Entraron a Ravena cantando himnos. En Loreto celebraron y oyeron la Misa, encomendándose fervorosamente a la Madre de Dios.

Al anochecer del Domingo de Ramos, el 25 de marzo de 1537, llegaron a Roma. Siguiendo su costumbre, se alojaron en los hospicios.

Paulo III los recibió en el Castillo de Sant’Angelo el martes de Pascua, el 3 de abril. Le pidieron el permiso para peregrinar y la admisión a las Órdenes. Recibieron la bendición papal y obtuvieron todas las licencias. Al despedirlos el Papa les dio una limosna de sesenta ducados. Y les agregó una frase: “Me sospecho que no podrán viajar a Jerusalén”

Al principio de mayo regresaron a Venecia. El viaje de vuelta fue como el de la ida: a pie, pidiendo limosna y alojando en malas posadas.

En Venecia se prepararon intensamente a la ansiada peregrinación. El día del Corpus Christi participaron en la procesión solemne de la Basílica de San Marcos. Todo estaba a punto. Y sin embargo, el Papa tuvo razón. Ese año 1537 ninguna nave zarpó: desde hacía 38 años que no sucedía algo semejante. Venecia entraba en un pacto contra los turcos.

Decidieron entonces aguardar. Tenían todo un año de plazo para el cumplimiento de su voto. El 24 de junio se ordenaron de sacerdotes. Todo el mes de julio lo dedicaron a cuidar enfermos en el hospital. Y en agosto se repartieron por las ciudades cercanas para un mes de ministerios.

“Ignacio, Maestro Laínez y yo fuimos a Vicenza; Maestro Francisco y Salmerón se instalaron a doce millas de Parma; Maestro Juan Codure y el Bachiller (Hoces) en Treviso; Maestro Jayo y Maestro Simón fueron a Bassano; Bobadilla y Pascasio a Verona”.

En septiembre deliberaron todos en Vicenza: ¿Qué responderían a los que preguntaran quiénes eran? La decisión fue unánime: responder que eran de la Compañía de Jesús. Ellos formaban un grupo que reconocía como Superior sólo a Jesucristo.

Roma.

Ignacio, Fabro y Laínez salieron hacia Roma bien avanzado el mes de octubre de 1537.

En la cercanía de la Ciudad Eterna tuvo lugar un hecho de enorme importancia para la vida espiritual de los compañeros. A 16 kilómetros de Roma, en un cruce da caminos, llamado La Storta, entraron Ignacio, Fabro y Laínez a una pequeña Capilla a orar. Allí Ignacio tuvo una experiencia espiritual que muy pronto él compartió con sus dos amigos. Ignacio dijo haber experimentado que el Padre Eterno lo ponía en amistad con su Hijo. En esa visión el Padre dijo a Jesús, quien iba con la cruz a cuestas: “Yo quiero que tomes a éste como a servidor”. Jesús entonces le dijo a Ignacio: “Yo quiero que tú nos sirvas”. Y el Espíritu Santo le anunció: “Yo les seré propicio en Roma”.

Para los tres amigos, ésa fue una visión de la Santísima Trinidad que se grabó para siempre en sus almas. En ella vieron la confirmación divina del grupo de los “amigos en el Señor”.

Los comienzos romanos fueron sencillos. A los pocos días estuvieron alojados en una casa cuyo propietario era el Sr. Quirino Garzoni, a escasa distancia de la iglesia Trinità del Monti. Pedro Fabro y Diego Laínez, favorecidos por el doctor Pedro Ortiz, empezaron a dictar clases en la Universidad de Roma, en el palacio de la Sapienza. El Maestro Pedro Fabro enseñaba Teología positiva, comentando la Sagrada Escritura; y Diego Laínez, el tratado de Eucaristía. El Romano Pontífice, Paulo III, los invitaba, de vez en cuando, a cenar con otros teólogos para que disertaran en su presencia. En cambio, la actividad de Ignacio se reducía a dar los Ejercicios.

Hubo dificultades en la Cuaresma de 1538. Los sermones cuaresmales en la iglesia de San Agustín corrían a cargo de un agustino, el piamontés Agustín Mainardi. El concurso de gente era grande. Entre los oyentes también estuvieron Pedro Fabro y Diego Laínez. Pero éstos no tardaron en notar, asombrados, que el célebre predicador enseñaba doctrinas claramente luteranas. Fabro y Laínez visitaron al sacerdote y, fraternalmente, lo amonestaron. Le pidieron retractarse, pero no tuvieron éxito. Entonces intervinieron algunos curiales españoles, amigos de Mainardi, quienes hicieron propalar el rumor que esos “Sacerdotes reformados” eran luteranos encubiertos y que ya habían sido procesados por sus errores en España, París y Venecia. El rumor hizo estragos.

Después de Pascua, el 21 de abril de a538, con la llegada a Roma de los que habían permanecido en el norte de Italia, el grupo volvió a reunirse seis meses después de la separación

Mucha oposición hicieron durante todo ese año contra nuestros buenos propósitos. Y pasamos por muchas pruebas, principalmente por la investigación que procuramos se hiciera sobre nosotros”.

Ignacio decidió pedir que se hiciera un Proceso judicial y que se dictara una Sentencia formal. En agosto logró entrevistarse con Paulo III y le suplicó ordenar el Proceso. En ese momento una circunstancia parecía favorecerlo. En Roma, por diversos motivos, se encontraban todos los que lo habían examinado y juzgado en Alcalá, París y Venecia. Todos esos jueces fueron llamados a deponer ante el Gobernador. Los testimonios resultaron una espléndida demostración de la inocencia de Ignacio y los compañeros: no sólo no había error en doctrina o moral, sino que sus vidas y doctrinas eran santas y sanas. La sentencia absolutoria se dictó el 18 de noviembre de 1538.

Ofrecimiento al Romano Pontífice y Deliberación de 1539.

Después de la sentencia, los compañeros decidieron dar cumplimiento a la alternativa del voto de Montmartre. En ese mismo mes de noviembre hicieron al Papa el ofrecimiento de sus personas, para el servicio de Dios y de la Iglesia.

La sentencia absolutoria fue un don para no olvidar, y como el fundamento de toda la Compañía. Y ese mismo año en que se dictó la sentencia a nuestro favor, nos presentamos como holocausto al Sumo Pontífice Paulo III, para que determinase en qué podíamos servir a Dios, para la edificación de todos los que están bajo la potestad de la Sede Apostólica, en perpetua pobreza y dispuestos por obediencia a ir a las Indias lejanas.

Quiso el Señor que el Papa aceptase gozosamente nuestros propósitos. Por lo que siempre me siento obligado, y cada uno de nosotros, a dar gracias al Señor de la mies y de la Iglesia Católica universal, Cristo Nuestro Señor, que tuvo a bien declarar, por la palabra de su Vicario en la tierra, lo que es una vocación manifiesta, que le agradaba que le sirviéramos y que quería siempre echar mano de nosotros”.

Las peticiones para las ciudades de Italia resultaron cada día más insistentes. Y algunos debieron partir a misiones específicas.

El Embajador de Carlos V los pedía para América y el rey Juan III los quería en la India.

¿Qué hacer ante la dispersión que se veía venir? ¿Podía existir una comunidad en dispersión? ¿Cómo resolver este problema? Era urgente deliberar.

La Deliberación comenzó en los primeros días de la Cuaresma de 1539. Si el Papa los destinaba a algún sitio, ¿debían acudir como individuos, o como miembros de un cuerpo estable? La decisión resultó fácil, sin controversias: la unión hecha por Dios no debía deshacerse; al contrario, convenía confirmarla y fortificarla.

¿Deberían hacer voto de Obediencia a uno de ellos, elegido como Superior? La respuesta a esta pregunta presentó dificultades. Si decidían hacer el voto de Obediencia, temían que los incorporaran a algunas de las Órdenes religiosas ya existentes. Por otra parte, la Obediencia les parecía necesario para la cohesión del grupo.

Fueron muchos los días de deliberación, oración y discernimiento. Por fin, unánimemente, resolvieron dar Obediencia a uno de ellos.

Con esta decisión quedó aprobado el proyecto de fundar la Orden religiosa Compañía de Jesús. Era el 24 de junio de 1539.

Ignacio fue el encargado de redactar las líneas esenciales de la nueva Orden.

Parma.

La dispersión por las diversas ciudades de Italia comenzó casi de inmediato. En ese mismo mes de junio Pedro Fabro y Diego Laínez fueron enviados a la ciudad de Parma llamados por el Legado Apostólico, el cardenal Ennio Filonardi del título de Sant’Angelo. El estado religioso era lamentable: un gran número de fieles no se acercaba ya a los sacramentos.

Las conferencias de cultura religiosa, las predicaciones casi diarias, los Ejercicios Espirituales, la dedicación preferencial por la juventud, la presencia asidua en el confesionario, cambiaron el ambiente de la ciudad en el espacio de un año. Y aunque esta transformación se debió al trabajo admirable de ambos sacerdotes, sin embargo debe atribuirse una eficacia especial a los Ejercicios Espirituales, en los que Pedro Fabro era un verdadero maestro

Como Fabro tenía un trato amable, no pequeña parte del éxito se atribuía a su serenidad de espíritu y a la suavidad de su carácter. A los Ejercicios de un mes, dirigidos por Fabro, acudieron más de cien personas. Incluso varios sacerdotes ejercitantes se transformaron a su vez en directores, dando así testimonio autorizado de eficacia. El mismo Pedro escribía a Roma:

“No puedo enviar datos detallados de los Ejercicios: son tantos los que los hacen que no se puede hacer un buen recuento. Todos quieren experimentarlos: hombres y mujeres; y los sacerdotes que los han hecho comienzan a darlos”.

Con el fin de afianzar todo ese bien, Pedro ideó la fundación de la Compañía del Santo Nombre de Jesús para la santificación personal y asistencia de los condenados a muerte, y la Asociación de la Doctrina Cristiana para la instrucción de los niños. Colaboró asimismo, dictando los Estatutos, con la Compañía de la Caridad para sacerdotes, seglares, nobles y otras personas que, además de atender a sus propias almas, miraban solícitos por el bien de los pobres, los enfermos, encarcelados, viudas y huérfanos.

Un número notable de vocaciones accedió a engrosar las filas de la naciente Compañía de Jesús. Basta citar el nombre del Padre Antonio Criminali, protomártir de la Compañía, quien dio su vida, pocos años después, en las costas de la Pesquería en la India. También se decidieron por la Compañía, el sacerdote español Jerónimo Doménech, con Paulo de Achillis, Elpidio Ugoletto, los dos hermanos Francisco y Benito Palmio; y para el clero diocesano el célebre Silvestre Landini, el futuro apóstol de Córcega. También se dirigió con Fabro, Juan Bautista Viola quien va a ser más tarde, en París, el más enérgico sostenedor de la Compañía de Jesús.

Alemania. Worms.

Una insinuación de Paulo III lo hizo ponerse, el 24 de octubre de 1540, a las órdenes, como compañero, del sacerdote Doctor Pedro Ortiz, embajador imperial. Éste acababa de recibir el encargo de dirigirse a Worms, en Alemania, para asistir en calidad de Legado a un Coloquio religioso entre protestantes y católicos.

El estado religioso encontrado en Worms entristeció a Pedro Fabro. Pero de inmediato se dio cuenta que la salvación de Alemania debía surgir desde la caridad hacia los disidentes, y de la preocupación por una buena formación teológica de los sacerdotes.

“Si en esta ciudad de Worms se hallasen aunque fueran dos o tres buenos sacerdotes, inflamados de un poco de celo por las almas, ellos podrían hacer cuanto quisiesen con este pueblo sencillo”.

El Coloquio de Worms no fue un éxito. El Canciller del Emperador Carlos V, Antonio de Granvela, no permitió que Pedro Fabro pudiera hablar con Felipe Melachton, en conversación personal. Más aún, no permitió, por temor a irritar a los luteranos, que Fabro enseñara a los niños, ni siquiera los primeros principios de la Religión.

Ratisbona.

El 10 de enero de 1541 el Doctor Ortiz partió con el Padre Pedro Fabro hasta Ratisbona, a donde había sido trasladado el Coloquio religioso. El mismo Carlos V quería hallarse presente e inaugurar la Dieta o Asamblea de los príncipes eclesiásticos. Pedro Fabro desplegó con fuerza su ministerio con los Ejercicios.

“Estoy persuadido que con los protestantes no basta la ciencia, sino que es indispensable una vida virtuosa, firme y constante en el seguimiento de Jesucristo”.

El fruto que recogió fue extraordinario. Entraron en Ejercicios, bajo su dirección, personajes de la Corte, prelados y teólogos. Hubo un momento en que, materialmente, Fabro no pudo ya satisfacer el deseo de todos. Como en Parma, hubo ejercitantes que empezaron, a su vez, a dirigirlos a otras personas.

“Muchas gracias me concedió el Señor en Ratisbona, principalmente en oír confesiones de nobles de la casa del Emperador y de mi príncipe, el duque de Saboya, que me eligió como confesor suyo. En estas confesiones se logró mucho fruto y se sembró la semilla para cosas mayores que de allí se siguieron. También en los Ejercicios de ilustres personajes españoles, italianos, alemanes, con los que se consiguió casi todo el bien que después se recogió en Alemania”.

Antes de abandonar la ciudad de Ratisbona, tuvo el consuelo de emitir los Votos solemnes y de prestar la Obediencia debida a Ignacio, elegido ya General de la Compañía de Jesús.

“Tuve gran consolación espiritual y gran fortaleza de espíritu en la renuncia de los bienes, en el adiós a los placeres de la carne abandonados anteriormente, y en humildad para negar totalmente mi propia voluntad en todas las cosas”.

Ignacio de Loyola, General de la Compañía de Jesús.

El 27 de septiembre de 1540 el Papa Paulo III había firmado la Bula “Regimini militantis Ecclesiae” con la cual había aprobado y confirmado a la naciente Compañía de Jesús. Ignacio, entonces, había convocado a los Compañeros dispersos para la elección del Superior General.

En la Cuaresma de 1541 se reunieron Ignacio de Loyola, Diego Laínez, Alfonso de Salmerón, Pascasio Broet, Claudio Jayo y Juan Codure. A Nicolás Alonso de Bobadilla el Papa lo tenía en Nápoles. Francisco Javier y Simón Rodríguez estaban en Lisboa, dispuestos a embarcarse a India. Pedro Fabro estaba en Alemania. La elección del General, sin embargo, pertenecía a todos.

El 5 de abril se reunieron los seis que estaban en Roma y depositaron en una urna los votos escritos. Pusieron también los votos de Fabro, Javier y Rodríguez, dejados por ellos antes de salir de la Ciudad Eterna.

La elección recayó, unánimemente, en Ignacio, con una excepción: la suya. Cuatro de los electores, Codure, Javier, Rodríguez y Fabro, dieron un segundo nombre para el caso de que Ignacio muriera. Codure, Javier y Rodríguez escogieron a Pedro Fabro; y éste, a Javier.

España.

“El 27 de julio de este mismo año salimos de Ratisbona, el Dr. Ortiz y yo con todos los de su casa. Atravesamos Saboya, mi patria, y Francia. Ahí pude ver que el buen corazón que nos concedió el Señor para amar a todo el mundo, no quedó cautivo, ni apagado, ni desviado de estos hombres”.

Este viaje a España lo quiso San Ignacio. Estuvo en Villaret, su pueblo natal, y dio tan buen ejemplo que éste perduró a través de los años y fue recogido, más tarde, en los procesos canónicos de 1596 y 1626 sobre su vida, virtudes y fama de santidad. De Saboya pasó a Francia. Y porque la guerra entre el rey Francisco I y España había comenzado de nuevo, la comitiva española fue detenida en prisiones por ocho días.

“Se nos concedió el favor de poder conversar con ellos y de hacer fruto en sus almas. Hasta el que hacía de jefe se confesó conmigo”.

Atravesaron el país, pasando por Lyon y Narbona, para llegar a España. Pedro Fabro pasó a ser el primero de los compañeros de Ignacio que trabajó en España. Antes había pasado solamente San Francisco Javier por Guipúzcoa, a la casa solariega de Loyola, por Burgos, Valladolid y Salamanca, en su viaje a Lisboa y a la India. Y el año anterior, sin ser sacerdote y por muy breve tiempo, Antonio de Araoz había estado en Cataluña.

Pedro Fabro se detuvo en Montserrat para rezar ante la Señora a cuyos pies Ignacio había hecho su vela de armas. Pasó por Zaragoza, se alojó con los Jerónimos y rezó ante la Virgen del Pilar. De Medinacelli pasaron a Torrijos, a Sigüenza, Guadalajara y Alcalá, donde visitó a antiguos conocidos de Ignacio. Después de llegar a Madrid, pasaron a Galapar, el 4 de noviembre de 1541, a la ciudad y casa del Doctor Pedro Ortiz. En todas estas ciudades, Pedro Fabro ejercitó un incansable ministerio, y con gran fruto.

“El día de Santa Isabel, reina de Hungría, tuve gran devoción al recordar a ocho personas con el deseo de tenerlas siempre en la memoria para orar por ellas sin fijarme en sus defectos. Estas eran: el Sumo Pontífice (Paulo III), el Emperador (Carlos V), el Rey de Francia (Francisco I), el Rey de Inglaterra (Enrique VIII), Martín Lutero, el Turco (Solimán II), Bucer y Felipe Melachton (dos conocidos protestantes participantes en la Dieta de Ratisbona). Y es que la corazonada de que tales personas eran mal juzgadas por muchos, de donde nacía en mí una cierta y santa compasión que procedía del buen espíritu”.

“Este mismo año, al entrar en España, tuve gran devoción y sentimientos espirituales para invocar a los principados, arcángeles, ángeles custodios y santos de España. Sentí afecto especial hacia San Narciso de Gerona, a Santa Eulalia de Barcelona, a Nuestra Señora de Montserrat, a Nuestra Señora del Pilar, a Santiago, a San Isidoro, a San Ildefonso, a los santos mártires Justo y Pastor, a Nuestra Señora de Guadalupe, a Santa Engracia de Zaragoza, etc. A todos suplicaba quisieran bendecir mi venida a España y que me ayudasen, con su intercesión, para que pudiera hacer algún buen fruto espiritual. Como así sucedió, más por su intercesión, que por mi diligencia”.

“Me propuse hacer esto mismo en cualquier reino o principado, es decir, encomendarme a los principados angélicos, arcángeles, ángeles custodios y a los santos que yo comprendiese que eran honrados en esa provincia o señorío”

De pronto Pedro Fabro recibe una carta del Cardenal Farnesio, fechada el 22 de diciembre de 1541 en Roma, en la cual, a nombre del Santo Padre, le pide trasladarse nuevamente a Alemania: “Mandando el Sumo Pontífice al Obispo de Módena, Cardenal Juan Morone, como Nuncio a Alemania, le ha parecido darle por compañeros a personas que con doctrina y ejemplo de vida lo puedan ayudar. Y porque Su Santidad os conoce como muy apto para este efecto, y por haber residido en esa provincia, desea que por trabajo toméis el de volver allá. Y así me ha ordenado que os escriba y encomiende en virtud de Santa Obediencia que, recibida esta carta, os pongáis en camino a Spira donde encontraréis al Obispo. De acá viajarán otros dos de vuestra Compañía. El Doctor Ortiz estará contento con esta misión, a quien el Santo Padre la ha comunicado”.

El Nuncio en Madrid, Juan Poggio, ordenó a Fabro que antes de viajar debía cumplir con las visitas y diligencias que le había encomendado el Dr. Pedro Ortiz. Y entonces Fabro se dirigió a Ocaña, por tres días, para visitar y atender espiritualmente a las hijas de Carlos V: a la infanta María, quien será después esposa de Maximiliano en Alemania, y a Juana, la única mujer a quien Ignacio le concedió hacer los votos de la Compañía, muriendo en ella. Fue a Toledo, otros tres días, para despedirse del Dr. Ortiz quien “quedó con grandísimo dolor en su corazón”.

Lo acompañaron dos Capellanes de las infantas María y Juana, los que habían decidido seguir a Fabro en la Compañía de Jesús: los sacerdotes Juan de Aragón y Alvaro Alfonso y, como novicios, ya no van a separarse de él. El primero, Juan de Aragón, será más tarde uno de los fundadores del Colegio de Lisboa; y el segundo, Alvaro Alfonso, quien será el gran amigo de Pedro Canisio en Colonia.

Estuvo Fabro en Alcalá y viajó a Almazán a visitar a los padres y hermanas de su amigo Diego Laínez.

En la segunda quincena de enero de 1542, Pedro Fabro y sus dos nuevos compañeros novicios entraron a Barcelona. Allí con enorme sorpresa pudieron dar la bienvenida a los Padres Antonio de Araoz y Diego de Eguía, enviados por San Ignacio a dar a conocer en España la Bula de Aprobación de la Compañía. Habían viajado, a pie, desde Roma a Barcelona, sin otro subsidio que las limosnas que podían darles en el camino.

Para celebrar la Eucaristía, el P. Antonio de Araoz lo hizo en la iglesia parroquial de Santa María del Pino, y el P. Pedro Fabro, en la iglesia de Santa Clara de las monjas benedictinas. A esta Misa asistía doña Leonor de Castro, esposa del Virrey de Cataluña, don Francisco de Borja, el futuro Duque de Gandía, y grande de España. El Virrey y su esposa llevaban una vida de gran santidad. Después de la Misa y de la predicación de Fabro, doña Leonor habló con su marido y, prevenidos por el P. Antonio de Araoz sobre quién era Pedro Fabro, juntos fueron a escucharlo a Santa Clara. Desde ese día, Pedro Fabro y Antonio de Araoz pasaron a ser amigos indispensables en la corte del Virrey.

En Barcelona, Fabro habló largo con Isabel Roser, quien había hecho un tiempo atrás los votos en la Compañía, y también con el Maestro Miguel Landívar, el antiguo criado de Francisco Javier y que había querido ser del grupo de los primeros compañeros.

Nuevamente en Alemania. Spira.

“En marzo de 1542 salí de España y volví a Alemania, por mandato del Papa. Grandes beneficios me concedió el Señor en este viaje”.

Iba con los dos novicios que había admitido. Y como el viaje era casi siempre a pie, tuvo dos largos meses para instruirlos en el proceder de la nueva Compañía.

Al pasar por Perpiñán, visitó al Maestro Lorenzo García, ahora Doctor, quien había sido del primer grupo de compañeros y había participado en la Deliberación de 1539.

El Señor me concedió muchos sentimientos de amor hacia los herejes y hacia todo el mundo, que espero duren hasta la muerte, con fe, esperanza y amor. Consistió uno en desear siempre el bien para estas siete ciudades: Wittenberg, en Sajonia (la capital del luteranismo); la capital de Samarcia cuyo nombre no recuerdo en este momento (Moscú o Kiev, capital del imperio ortodoxo; Samarcia era un nombre antiguo de Rusia y Polonia); Ginebra de Saboya (cuna del calvinismo); Constantinopla en Grecia; Antioquía, también en Grecia; Jerusalén, y Alejandría en Africa (estos 4 patriarcados habían caído en manos de los musulmanes)”.

Pedro Fabro llegó a Spira el 14 de abril de 1542. Fue recibido con mucho cariño por el Chantre de la Catedral, Otto Truchsess von Waldburg, el futuro Cardenal Obispo de Ausburgo, quien le entregó un carta dejada por Nicolás Alonso de Bobadilla para él. En ella, su compañero le avisaba que el Cardenal Juan Morone, Obispo de Módena y Nuncio del Papa, dejaba a su decisión el reunirse con Monseñor Gerónimo Veralli en la corte de Fernando, el Rey de romanos, o permanecer en Spira hasta nueva orden.

A petición de Truchsess, Fabro con sus dos novicios decidieron quedarse en Spira, y pasaron a vivir en el monasterio de los Carmelitas. Su primer ministerio fue dirigir los Ejercicios Espirituales a los jóvenes sacerdotes novicios. El Vicario General de la Diócesis, Jorge Musbach, y Otto Truchsess comenzaron de nuevo los Ejercicios, porque la otra vez, en Ratisbona, sólo habían hecho la Primera Semana. Y en carta escrita a Ignacio, Fabro se quejó de no tener más tiempo para dirigir a otros los Ejercicios; y le decía que en un principio no había sido bien recibido por el clero, porque pensaban que él venía a reformar sus costumbres y maneras de proceder.

Terminados los Ejercicios, Fabro envió a Juan de Aragón a Colonia, donde se veneran los restos de los Reyes Magos, y a Alvaro Alfonso a Tréveris, ambos en peregrinación a pie y mendigando. Y al regreso, los hizo trabajar en la cocina de los Carmelitas.

Entretanto, él trabajaba con los sacerdotes de Spira y con los fieles. Después de ocho meses pudo decir: “Aquí en Spira, no hay nadie, seglar o sacerdote, que no me sea benévolo, aún los que en un comienzo pudieron disentir. Por ello sentimos en el alma dejar esta ciudad”.

El ánimo suave de Pedro había terminado por conquistar a todos, incluso a los dos Presidentes de la Cámara imperial de Spira, uno católico y el otro protestante, y a los 15 Consejeros, ocho de los cuales eran católicos.

Y escribía en su Memorial, el 9 de agosto de 1542: “Cuando el amor de la verdadera caridad se apodere de toda nuestra libertad y espíritu, siempre y en todas partes, entonces todas las otras cosas adquirirán el orden de la tranquilidad y la paz, sin perturbaciones del entendimiento, memoria y voluntad. Pero eso se realizará en la patria de los bienaventurados hacia la que vamos subiendo todos los días”

Maguncia.

A finales de octubre de 1542, Pedro Fabro viajó a Maguncia a petición del Cardenal Arzobispo Alberto de Brandeburgo.

Pedro lo conocía desde su primera estancia en Ratisbona. En ese tiempo el Cardenal no había apoyado el proyecto del Cardenal Gaspar Contarini sobre la reforma de las costumbres que propuso a los Obispos al final de la Dieta. Pero el Cardenal de Maguncia no se deslizó hacia la herejía como lo va a hacer el Arzobispo de Colonia Max Hermann von Wied. Su fe no llegó a quebrarse, pero sí se manifestó, en ocasiones, débil y ambigua. Después se reafirmó en ella gracias a Juan Morone y a Pedro Fabro. Martín Lutero había llegado a pensar que podía atraerlo a su partido como al Arzobispo von Wied. Desistió después, y de su pluma salieron contra Alberto de Brandeburgo abundantes e indecibles insultos.

La vida del Cardenal Alberto de Brandeburgo no había sido precisamente un modelo, y su nombre estuvo unido al luteranismo desde el primer aviso, el de las indulgencias. En agosto de 1513, a los 23 años de edad, había sido nombrado Arzobispo de Magdeburgo y, un mes después, Administrador Apostólico de Halberstad. Al año siguiente, el Cabildo de Maguncia lo eligió para la Sede Primada de Alemania. Si aceptaba el Arzobispado de Maguncia, debía renunciar a sus otros dos Obispados.

Tanto insistió ante el Papa León X, que éste le autorizó retener las tres sedes episcopales. Lo que constituía un claro y escandaloso abuso, no sólo por la acumulación de poder y de riquezas a vista de todos, sino, además, porque se mataba toda tentativa de reforma apostólica. Se le impuso como contrapartida del privilegio otorgado, una contribución de 10.000 ducados de oro y 14.000 florines renanos. El Cabildo de Maguncia se opuso a tan grande sangría de las arcas de la Arquidiócesis.

Su hermano, Joaquín Hohenzollern, príncipe elector de Brandeburgo, le aconsejó pedir un préstamo de 21.000 ducados y 5.000 florines. Y para hacer frente a la deuda contraída la mejor manera era pedir al Papa autorización para predicar una indulgencia en las tres diócesis de Alberto y en todo el territorio de su hermano. La mitad de lo recaudado se entregaría al Papa para la basílica de San Pedro, y Alberto se quedaría con la otra mitad. De aquí tomó ocasión Lutero para enviar el 31 de octubre de 1517, una carta al Cardenal Albero y una copia de sus 96 tesis sobre las indulgencias.

Alberto de Brandeburgo siempre vivió fastuosamente, fue mecenas de artistas y literatos, y más político que pastor de su grey.

El Cardenal pidió que Fabro dejara Spira y se fuera con él a Maguncia. Pensaba que podría ir, como teólogo de su Obispo auxiliar, Miguel Helding, quien lo iba a representar en el Concilio de Trento próximo a inaugurarse.

El 10 de octubre de 1542 abandonó Spira, con los dos novicios, y se fue a Maguncia.

“Aunque yo he mostrado mi poca suficiencia para cosa de tanta importancia, él ha determinado que yo vaya juntamente con algunos letrados suyos al Concilio”.

Su primera misión fue dar los Ejercicios a dos Obispos auxiliares. Y Juan de Aragón se los dio a un sacerdote concubinario.

En la Universidad, Fabro explicó los Salmos, con una asistencia tres veces mayor que la que solía haber en situaciones semejantes. Y con todo el apoyo del Cardenal, trabajó en la santificación del clero, en la reforma de costumbres de todas las clases sociales, y en las casas religiosas. Los pobres y marginados siempre estuvieron bajo su celo. Para los peregrinos abrió un Refugio; y para los enfermos, un Hospital. A menudo se lo veía visitando y consolando a cada uno de esos abandonados.

A los novicios los envió a perfeccionar sus estudios teológicos: a Juan de Aragón, a Lovaina para formarse bajo la égida de su amigo Jerónimo Domenech; y a Alvaro Alfonso, a la célebre Universidad de Colonia.

Él se quedó con Esteban, un joven de Spira, que aspiraba a entrar en la Compañía.

San Pedro Canisio.

Este joven había nacido en Nimega, en Holanda. Su padre era el alcalde de la ciudad. A los 14 años había ido a estudiar a la Universidad de Colonia y a los 17 años había recibido la Licenciatura en Artes. Dos años después, era Maestro. Podía entonces estudiar Teología, Derecho o Medicina. Pedro escogió Teología.

En 1543 llegó Alvaro Alfonso a estudiar a la Universidad, y se hospedó en el Colegio Montano, donde también vivía Pedro Canisio. Se hicieron amigos. Alvaro le habló del Padre Pedro Fabro y de la Compañía de Jesús. Pedro Canisio tomó entonces la decisión de trasladarse a Maguncia, resuelto a tratar las cosas de su espíritu con ese compañero de Ignacio de Loyola. No le importó que el viaje durara tres días, por el Rhin y sus aduanas.

Cuando llegó, Pedro Fabro lo acogió cariñosamente. Lo hospedó en su modesto alojamiento, en la casa parroquial.

“Me recibió amablemente sin haberme visto antes, y me hizo hospedar con él en la casa del párroco de San Cristóbal. Sabiamente me invitó a que, si yo quería aprovechar espiritualmente, me dedicase durante algún tiempo a entrar en algunos ejercicios espirituales. Mientras estoy en esta experiencia y me ejercito con toda diligencia, en espíritu y en verdad, aprendí a orar al Señor”.

Fabro conversó muy largamente con él. Por último lo invitó a hacer entero el mes de Ejercicios Espirituales: no era ya un principiante en el camino espiritual. El mismo Fabro se ofreció para acompañarlo y Canisio entró en los Ejercicios con toda el alma. Al terminarlos escribió a un amigo:

“En Maguncia encontré lo que yo buscaba tanto tiempo, pues jamás había conocido una persona que juntara una teología tan profunda con una virtud verdadera. Todo en él lleva a Jesucristo. Tiene autoridad entre los grandes y es humilde. Es imposible decirte el influjo poderoso que estos Ejercicios hicieron en mi vida espiritual. Soy un hombre distinto”.

Y Pedro Canisio hizo voto de ingresar en la Compañía de Jesús. Fue el mismo día de su cumpleaños: el 8 de mayo de 1543. Tenía 22 años.

Pedro Fabro se tomó su tiempo. Discernió, conversó, acompañó y rezó: al fin determinó admitirlo. Pero decidió no enviarlo a París. Haría el noviciado en Colonia, y él será el Maestro. Continuará, eso sí, los estudios: es necesario.

Pedro Canisio regresó al Colegio Montano, pero como novicio de la Compañía de Jesús.

Con el ingreso de Pedro Canisio en la Compañía, Fabro sintió lo que siempre había deseado:

“Acerca de nuestra Compañía, que siempre llevo en el corazón, por una gracia de Dios que me acompaña siempre, tuve un gran deseo que, ya otras veces, me había proporcionado gran devoción. Deseaba que nuestra Compañía pudiera crecer en número y en calidad de personas virtuosas y llenas de espíritu, de manera que contribuyera a levantar de sus ruinas, las que ahora vemos y las que hemos de ver, si Dios no lo remedia, a todas las Órdenes religiosas.

Para esta reforma yo deseo que haya multitud de laicos y eclesiásticos que, dejando a un lado cualquiera otra actividad, quisieran ponerse bajo cualquier forma de obediencia instituida en la Iglesia Romana. Algunos podrían ser elegidos y probados para nuestra Orden, y otros para otras. Quiera Dios que así se haga, y que haya personas capaces de discernir no sólo los espíritus que proceden de Dios, sino entre éstos, cuáles los que mueven a abrazar una religión u otra, y cuáles los que mueven hacia otros estados de vida”.

Colonia.

La sede arzobispal de Colonia todavía la ocupaba Max Hermann von Wied. Aunque de noble nacimiento, no era un hombre muy inteligente. Con una personalidad débil, había empezado a ceder ante las exigencias de los protestantes, y ya era conocido como promotor de las nuevas ideas, con la consiguiente perturbación de las conciencias de los católicos.

Alarmado, el Prior de la Gran Cartuja de Colonia, Gerardo Kalkbrenner von Hammont, le escribió a Pedro Fabro una carta angustiante.

Poco después, uno de los miembros más sabios y distinguidos del clero le llevó el parecer de los católicos de la diócesis y le suplicó ir en ayuda de esa Iglesia tan desolada.

Para viajar, Pedro Fabro necesitaba el permiso del casi siempre ausente Cardenal Alberto; pero, entre tanto, ese sacerdote que lo visitaba podía hacer los Ejercicios. A su regreso, el Cardenal dio la licencia, pero con la condición de volver después a Maguncia.

Al llegar Pedro Fabro a Colonia en los primeros días de agosto de 1543, fue recibido con gran gozo por sus dos novicios: Alvaro Alfonso y Pedro Canisio.

En la casa del canónigo Bardewick recibió la visita de los sacerdotes más celosos de la ciudad, y de los principales católicos. Todos le dieron sus testimonios y le agradecieron con esperanza el que quisiera ayudarlos. El diagnóstico era duro y parecía urgente enfrentar la realidad. Fabro no era un hombre pusilánime.

Su primera acción fue ir a hablar directamente con el Arzobispo. Con afabilidad le prestó obediencia. Le recordó su antiguo celo ante los errores de Lutero en Worms y de los anabaptistas en Paderborn. La gloria de su sabiduría podría estar desapareciendo. Le rogó, en nombre de Jesucristo, detener los avances de la nueva doctrina en esa Diócesis tan querida.

Estas consideraciones, presentadas con tanta bondad y modestia, hicieron una impresión muy saludable en el Obispo. Por lo menos dio a Fabro todas las licencias para ejercer en la ciudad los ministerios. Fabro usó esas facultades ampliamente, hasta donde las fuerzas lo acompañaron. Pero pronto comprendió que el éxito iba a ser pasajero si la autoridad no se decidía a tomar medidas más radicales.

Entonces informó al Nuncio Apostólico, Monseñor Juan Poggio, quien residía en Bonn. El Nuncio estuvo de acuerdo con Fabro y decidió que su permanencia se prolongara en la ciudad de Colonia, comprometiéndose a obtener el permiso del Cardenal de Maguncia.

“Volví a Colonia y comuniqué a todos los doctores de la Universidad y a los demás que estaban ansiosamente esperando mi regreso de Bonn. Se alegraron intensamente y se abrieron a nuevas esperanzas. No dudo de que todo esto ha contribuido a que renazca la confianza y el valor en los colonienses. En cuanto a mí, me alegro en el Señor de que en esta situación me haya tocado estar junto a los colonienses a quienes ofrecí todo mi trabajo y la misma vida y que por gracia de Dios, la gastaré”.

El Padre Fabro obedeció al Nuncio Poggio, y continuó con su trabajo en Colonia. Mantuvo conversaciones con los católicos de todo rango, dando ejemplo vivo de actividad. Animó dando consejos y vigiló cada uno de sus pasos. La ciudad agradeció y Gerardo Kalkbrenner von Hammont, el prior de la Cartuja, lo apoyó enormemente. Él y toda la Comunidad de los cartujos hicieron los Ejercicios acompañados por Fabro. Desde entonces datan las relaciones tan estrechas de la Compañía de Jesús con la Cartuja.

Llamado desde Portugal.

Mientras Fabro sostenía esa lucha en Colonia, preocupado por la situación de la Iglesia en Alemania, en Portugal, el rey Juan III se mostraba muy empeñado por llevar a Pedro Fabro a la península ibérica.

Su hija María iba a desposarse con Felipe, el heredero de Carlos V. Con el P. Simón Rodríguez, el Rey pensaba que ésa era una ocasión muy favorable para que la Compañía de Jesús pudiera tener un domicilio estable en España.

Por ello solicitó que Pedro Fabro y los dos españoles, Juan de Aragón y Álvaro Alfonso, regresaran a la península.

Estas gestiones, apoyadas en Roma por el Embajador portugués, abrumaron a Ignacio, quien debió someter todo al Romano Pontífice. Y así Fabro recibió la orden de dirigirse a Portugal con los dos compañeros señalados por Simón Rodríguez.

A Fabro le resultó muy dura esta obediencia, pero creyó que no debía representar, porque la opinión del Nuncio Juan Poggio sostenía que un destino dado por Roma no podía ser revocado sino por el mismo Romano Pontífice.

Juan Poggio escribió al Vaticano sus argumentos. Fabro solamente informó a Ignacio de los temores del Nuncio.

Lovaina.

A los pocos días de recibir la obediencia, Fabro y Francisco Estada, el jesuita señalado por compañero, partieron hacia Amberes, temerosos de que el viento favorable para la navegación hubiera ya pasado.

Y así fue: no había naves, ni pasajes. El agente de los viajes les recomendó esperar en la ciudad de Lovaina; les haría saber la primera ocasión para viajar.

Se dirigieron a la casa del sacerdote Cornelio Wishaven donde recibían generosa hospitalidad los jóvenes de la Compañía que estudiaban en la Universidad. Cornelio había hecho los Ejercicios y pensaba que Dios lo llamaba a la naciente Compañía.

Francisco Estrada entregó a Cornelio la carta que le enviaba Pedro Canisio, su amigo y condiscípulo:

“Cornelio, amigo mío: Tienes ahora en tu casa al Padre Pedro Fabro. Este hombre santo puede servirte de modelo. Yo te aconsejo abrazar el género de vida que él profesa. Este será el mejor camino para tranquilizar tu conciencia y salvar tu alma, lo que tanto te preocupa”.

Cornelio se echó a los pies de Fabro y le abrió su alma. Pedro lo acompañó en su discernimiento y al fin lo admitió en la Compañía, empezando de inmediato el noviciado. Más tarde Cornelio será en Roma sustituto de San Ignacio en el cargo de Maestro de novicios.

Pero Fabro cayó enfermo, de fiebres tercianas, y se vio obligado a suspender los preparativos para viajar. Llegó incluso a pensar que no podría hacerlo, porque el mal se hizo muy intenso y doloroso, debilitando las fuerzas y amenazando la vida. Él mismo escribió en su Memorial:

“Cierto día, estando y sintiéndome árido en mi espíritu, pareciéndome estar alejado de Dios, tuve consolación al meditar las palabras del salmo 91: Estaré con él en la tribulación. Y como me doliese mucho la cabeza comencé a pensar en la cabeza de Cristo cercada de espinas. Y lloré mucho”.

La enfermedad siguió su curso, lentamente. Fabro no pudo ejercer los ministerios como hubiera deseado. Podía, eso sí, comunicar a sus jóvenes compañeros de Lovaina el pensamiento de Ignacio y el modo de proceder de la Compañía. Y lo que no pudo hacer, lo trató de ejercitar a través de su compañero Francisco Estrada, no sacerdote, quien mostraba dotes excelentes como predicador. Fabro, para no distraerlo en los estudios, y suplir lo que podía faltar, le daba las pautas, instrucciones, esquemas, y los argumentos que podían desarrollarse en los sermones.

Francisco Estrada ponía todo en sencillez y belleza y lo entregaba a su auditorio. Primero, en el Colegio de Faucon; después, en la iglesia de San Miguel a donde acudían los doctores de la Universidad, los alumnos, los religiosos de otras Órdenes, y el clero de la ciudad. Los estudiantes, movidos por Francisco Estrada, terminaban a los pies de Fabro en sus confesiones. A algunos, que solicitaron entrar en la Compañía, como a Oliverio Manareo, más tarde Rector del Colegio Romano, Comisario en Francia y Alemania, les pidió que terminaran los estudios antes de ser aceptados. A Teodorico Hesius, Vice decano del Capítulo de Lieja e Inquisidor de la Fe, le pidió permanecer en su posición y trabajar desde allí por el bien de la Iglesia. A un grupo bastante numeroso, decidió acompañarlo en el discernimiento.

A los tres meses, el 12 de noviembre de 1543, sin haber podido viajar a Portugal, Fabro recibió una carta del Nuncio Apostólico Juan Poggio, llamándolo de regreso a la ciudad de Colonia, por haber recibido él estas instrucciones desde Roma.

Fabro decidió obedecer de inmediato, pero escribió a San Ignacio manifestando las dos obediencias contradictorias.

Antes de regresar a Colonia tomó todas las providencias necesarias para que pudieran viajar a Coimbra, en Portugal, Francisco Estrada, Andrés Oviedo y Juan de Aragón.

Cuando se supo en la Universidad el viaje de esos tres, un grupo numeroso de 19 estudiantes pidió ir con ellos para incorporarse a la Compañía en Portugal. Se trataba de un grupo escogido de los cursos superiores.

Fabro rezó, habló nuevamente con cada uno de ellos y, al fin, eligió a nueve: cinco eran Maestros en Artes, y los otros Bachilleres en Teología o estudiantes de Derecho. Los otros diez quedarían al cuidado de Cornelio Wishaven y terminarían allí el discernimiento.

En carta al P. Simón Rodríguez se disculpó por enviar a tanta gente que ni siquiera ha tenido tiempo de hacer los Ejercicios: “El placer que tuve al ver acá gente de la misma lengua, me ha ayudado algo a ser más fácil en aceptar, y enviar a tantos. Allá se verá mejor el espíritu de cada uno”.

Fabro sabía que la generosidad del rey Juan III de Portugal había permitido al Padre Simón Rodríguez edificar el Colegio de Coimbra donde con comodidad los jóvenes jesuitas podían entregarse de lleno a la formación de la Compañía de Jesús.

Al día siguiente de salir a Portugal la expedición de jesuitas con otros candidatos: Millán de Loyola, sobrino de San Ignacio, y Lamberto de Castro, Fabro viajó a Colonia. Muy pronto, iba a juntar aquí a otros cinco. Pasó por Lieja, Mastrich y Aquisgrán, tratando de dejar en cada ciudad una semilla apostólica.

De nuevo en Colonia.

El 22 de enero de 1544 llegó a la ciudad. Sólo encontró a Alvaro Alfonso, pues Pedro Canisio había ido a Nimega a atender a su padre que moriría en sus brazos. Fabro no alcanzó a acompañarlo en su dolor sino mediante una carta muy sentida.

Canisio arregló en Nimega con sus hermanos el asunto de su herencia: decidió dar una gran parte a los pobres y la otra quedó como ayuda para el sustento de los jesuitas que estudiaban. Y en paz regresó a Colonia para seguir bajo la dirección de Pedro Fabro.

Día a día el arzobispo Hermann von Wied se inclinaba más a los protestantes. Había hecho venir a Colonia a Martín Bucer y a Felipe Melachton para que dieran a conocer las nuevas doctrinas. Fabro redobló su esfuerzo: los Ejercicios, las conversaciones espirituales, la predicación, el confesionario y la Eucaristía.

En un momento, Fabro quiso tener una disputa pública con los dos reformadores; pero éstos no desearon entrar en discusión.

Quiere dejar constituida en Colonia una Residencia-Colegio de estudiantes jesuitas. Lo piensa, lo reza, lo discierne y lo confronta con San Ignacio.

“Yo no puedo no obedecer a unos sentimientos, con los cuales y por los cuales me parece ir siempre, y a veces siento en Nuestro Señor, que con su presencia de éstos mejor se conservará alguna cosa aquí; y que Nuestro Señor dispondrá mejor alguna manera, por donde la Compañía tome raíz en Alemania”.

Decidió, por el segundo tiempo de elección (EE. 176). A fines de mayo lo dijo a San Ignacio:

“Mosén Álvaro (Alfonso), Maestro Pedro Canisio, Maestro Lamberto (de Castro) quedarán aquí (en Colonia) hasta que otra cosa se les mande desde Roma”.

Portugal.

Una nueva orden de San Ignacio lo llevó a dejar todo para seguir los deseos del Papa: viajar a Portugal.

Lo hizo el 12 de julio de 1544. Y en Colonia quedó a cargo de la comunidad de ocho estudiantes jesuitas el Padre Leonardo Kessel.

En el viaje a Lovaina, se detuvo en la casa del Padre Cornelio Wishaven para estar un par de días con los jóvenes jesuitas que estudiaban allí.

Se embarcó para Lisboa, a donde llegó el 24 de agosto, fiesta del apóstol San Bartolomé.

Se detuvo lo indispensable para saludar a los compañeros que vivían en la Residencia de San Antonio, y partió casi enseguida hacia Évora a saludar a la familia real. Allí encontró a los Padres Simón Rodríguez y Antonio Araoz. Simón era el Provincial en Portugal y no se veía con Pedro Fabro desde hacía tres años. Los recuerdos, las nuevas, la formación, los progresos, las pruebas, los fracasos, los éxitos de la Compañía, los afectos mutuos, fueron los temas de sus conversaciones.

Fabro fue presentado por sus dos amigos al rey Juan III. Éste y su familia ya sabían que él venía y tenían gran deseo de conocer al primer Compañero de la Compañía. Y la realidad no les pareció menor que la fama.

Como la princesa María de Portugal, esposa ya de Felipe, iba a viajar a España en el mes de octubre, Fabro obtuvo la autorización para ir a Coimbra, al Colegio de los jesuitas ubicado junto a la célebre Universidad.

En ese Colegio, fundado por el P. Simón Rodríguez y el favor del rey, se formaban alrededor de 60 nuevos compañeros. Todos tenían un vivo deseo de conocer a Pedro Fabro, y éste también ansiaba el consuelo de ver con sus ojos esa esperanza tan grande de su tan querida Compañía.

Los estudiantes venidos desde Lovaina estuvieron felices. Y todo a Fabro le pareció bien, y se consoló hasta las lágrimas. En una carta a San Ignacio le dijo:

“Aquí hay mucha paz y concordia: hay amor fraternal; hay humildad obediente para todo. Los estudios y los ejercicios espirituales se hallan conforme, no sólo según mi parecer sino como Vuestra Reverencia y Dios lo desean”.

Para la salida de la princesa María hacia Castilla, Fabro estuvo presto, pero una enfermedad lo obligó a permanecer en Portugal. La convalecencia la pasó nuevamente en Coimbra, con los jóvenes.

Trabajos vocacionales.

Secundado nuevamente por el jesuita Francisco Estrada, el compañero y amigo de los tiempos de Lovaina, Fabro predicó y dio los Ejercicios Espirituales a un grupo de estudiantes en la Universidad. El fruto sobrepasó a las fatigas. Varios jóvenes decidieron allí su vocación a la Compañía. Éstos fueron algunos:

Luis González de Cámara que pertenecía a una de las familias más importantes de Portugal. Cuando muy joven, había sido enviado por sus padres a estudiar en la Universidad de París, con su primo León Henríquez. Allí, ambos habían conocido a Ignacio y a sus compañeros que ya terminaban su estancia en la Universidad, y había sido muy amigo de Pedro Fabro, por quien había sentido gran admiración dado el carácter suave y afable de Fabro. León Henríquez, también buen estudiante, no era tan piadoso como su primo. Al establecerse la Universidad de Coimbra, ambos habían sido llamados para terminar allí los estudios. En eso estaban cuando llegó Fabro a Coimbra.

Con Luis González de Cámara, el Padre Fabro fue directo. Le hizo entender que el Señor le pedía avanzar espiritualmente y entregar la vida. González no había pensado en renunciar a su espléndido futuro. La proposición de Fabro primero lo asombró. Después, puso orden en sus ideas y reflexionó. Sometió a Fabro todas sus dudas, hizo los Ejercicios con el Padre Andrés de Oviedo, a pedido de Pedro, y decidió ingresar en la Compañía.

Su primo León Henríquez se indignó y su primera reacción fue emprenderlas contra el Padre Fabro y llenar la Universidad con sus quejas y amargos reproches. Pero también reflexionó; y un día fue a conversar con Fabro. Mientras lo esperaba, hizo una visita al Santísimo Sacramento en la Capilla. Se sintió turbado y le pareció que una voz le pedía, también a él entrer en la Compañía. Al salir, encontró a Luis, su primo, y lo abrazó diciéndole “Yo también deseo entrar en la Compañía”. Y lo hizo. Vivió en ella 43 años.

Luis González de Cámara, más tarde, en Roma, fue el confidente de Ignacio para su Autobiografía, y fue el sucesor del P. Simón Rodríguez como Provincial en su patria.

El ejemplo de estos dos jóvenes contagió a muchos. Sólo citamos a algunos: a Antonio Gómez, doctor de la Sorbona, y que más tarde dará problemas a San Francisco Javier en la India; a Juan de Azpilcueta, primo de San Francisco Javier, que irá a Brasil en la primera expedición de misioneros.

La Compañía de Jesús, en Coimbra, adquirió más de treinta jóvenes, que llegaron a ser después apóstoles en las vastas posesiones portuguesas de ultramar: India, Malaca, Africa, Brasil y también en el Japón.

El Escolar jesuita Melchor Núñez Barreto tenía un hermano, Juan, que era párroco en Freiriz y de quien Melchor deseaba que ingresara en la Compañía. Aprovechando la estadía de Fabro, le escribió invitándolo a ir a visitarlo en Coimbra. El párroco era un hombre contemplativo y no deseaba cambiar su condición de vida. Pero la carta de su hermano lo perturbó: soñó con un sacerdote que lo convidaba a discernir. Y un día, en oración, le pareció que la Virgen María, acompañada por el mismo Padre que había visto en sueños, le pedía que viajara a Coimbra a hablar con ese sacerdote. Al día siguiente el párroco, como peregrino, viajó a Coimbra y contó a su hermano el sueño y la visión que había creído tener. Melchor lo llevó hasta donde el Padre Pedro Fabro, en quien el párroco reconoció a la persona que había visto en sus dos experiencias. Se echó a sus pies, pidió la bendición y el permiso para abrir el alma.

Fabro no se precipitó: lo escuchó con gran bondad; le preguntó, rezó con él varios días. Le explicó la contemplación y la acción. Al fin, Juan Núñez Barreto le pidió entrar en la Compañía. Pedro Fabro le dijo que primero debía hacer los Ejercicios. Así Fabro preparó a quien iba a ser después Patriarca en Etiopía y que terminaría sus días en la India.

España. Valladolid.

El rey de Portugal Juan III había adquirido por Pedro Fabro un afecto muy especial y no se decidía a dejarlo partir hacia Castilla y a España que era parte de lo encomendado por San Ignacio. Incluso el rey le pidió dar una misión entre los personajes de la Corte. Todo el mundo le pedía consejos y Pedro no ahorraba esfuerzos.

Cuando encontró la ocasión, Fabro representó al rey la razón de su salida de Alemania y la obediencia de ir a España para establecer allí a la Compañía. La permanencia tan larga en Portugal le impedía obedecer: le suplicó dejarlo cumplir con su deber. El rey dudó un tiempo, pero al fin cedió ante lo que veía ser un designio de Dios.

Pedro Fabro se puso inmediatamente en camino. Deseó, eso sí, ir a Coimbra para despedirse de sus amigos ya muy queridos, pero determinó más bien escribirles una carta:

“Vivan felices, y sirvan siempre a Cristo Nuestro Señor con alegría, no abandonando jamás a Aquel que nos concede toda buena disposición. En esto, consérvense todos firmes y no se apeguen a ninguno que los aparte de Cristo, el cual no quiere ser apartado de ustedes. Pues, aunque la presencia corporal de los seres humanos, nos puede algunas veces aprovechar, con todo son más las veces que nos estorba. Haya en buena hora conversación de las cosas transitorias en cuanto nos ayude para las eternas. Nos recree la voz viva y nos aproveche, pero no de cualquier manera, sino en cuanto nos dispone a oír la voz interior que debe hablar en el corazón. Lo mismo se diga de los otros sentidos. Todo esto he dicho para aquellos que suelen entristecerse demasiado cuando se ausentan los amigos”.

Inició el viaje el 4 de marzo de 1545, acompañado del Padre Antonio de Araoz. Llegaron ambos a Valladolid el 18 del mismo mes. Hicieron una breve detención en Salamanca para conocer los sitios donde San Ignacio había sufrido prisiones, y para tratar con Cristóbal Alfonso de Castro, franciscano, y Francisco de Victoria, dominico, antiguos conocidos y amigos de los tiempos de París, la posibilidad de establecer una Residencia o Colegio de la Compañía junto a la célebre Universidad.

En Valladolid, se hospedaron en el Hospicio. Y el ahora Nuncio Apostólico en España, Monseñor Juan Poggio, su antiguo conocido, les consiguió la audiencia con el príncipe Felipe II.

Algunos de la Corte hablaron de lo que había hecho Fabro en Alemania, y esto trajo a los dos jesuitas un buen prestigio. Pero, en verdad, les costó abrirse camino; los españoles los observaban hasta el cansancio. Algunos los llamaban iñiguistas, prestes reformados, y otros teatinos. La prueba terminó cuando el confesor del príncipe, el Nuncio, y el Cardenal de Toledo, se confesaron con Fabro.

La vida sencilla de Fabro y Araoz, y las noticias que iban llegando desde la India, a través de los portugueses de la Corte de la princesa María de Portugal, ayudaron a disipar las resistencias A un personaje importante que pidió un consejo a Fabro, éste le dijo: “Recuerde siempre, que Jesucristo fue pobre, y usted es rico; que Jesucristo tuvo hambre y sed, y usted está bien alimentado; que Jesús sufrió en la cruz, y usted vive con lujo”.

Desde Valladolid, viajó unos días a Madrid para visitar a las infantas María y Juana, las hijas del Emperador Carlos V, que lo reclamaban. También fue a Toledo a visitar a varias amistades. Pero pronto volvió a Valladolid, porque su lugar estaba en la Corte. Como Capellán, le correspondió asistir a la princesa María, quien murió el 12 de julio de 1545, cuatro días después de dar a luz al infortunado infante Don Carlos.

Un mes después, en agosto, decidió abrir un Colegio para recibir a los novicios que iba conquistando. Escribió al P. Simón Rodríguez quien le envió al P. Hermes Poën, uno de los enviados por Fabro desde Lovaina, como Superior de los 4 novicios. La casa de Valladolid, la adquirió gracias a las ayudas de doña Leonor de Mascareñas, la antigua institutriz del príncipe Felipe. A otros jesuitas, enviados por Simón Rodríguez, los mandó a Madrid.

En Alcalá, dejó a Francisco Villanueva, no sacerdote, y admitido por el mismo San Ignacio en Roma, como Superior de otros tres estudiantes; y esto gracias a la ayuda económica de la infanta doña María.

Envió al P. Andrés de Oviedo a Valemcia para el Colegio de Gandía, a reunirse con los cinco compañeros que enviaba San Ignacio desde Roma

El P. Antonio de Araoz y otros dos quedaron en Barcelona.

Noticias desde Colonia.

En Colonia había quedado una comunidad de nueve o diez compañeros, la mayor parte jóvenes, bajo la obediencia del P. Leonardo Kessel. Entre ellos se encontraba Lamberto de Castro que había ido con Fabro desde Lovaina. Pero Lamberto murió pronto, y éste fue como el preludio de otras aflicciones.

Después de partido Fabro, el Arzobispo Max Hermann von Wied decidió que esa comunidad se dispersara. El Rector de la Universidad defendió a los jesuitas, les dio inviolabilidad, pero determinó que vivieran separados. Unos pasaron a vivir en la Cartuja, otros en el Colegio Montano, pero todos soportaron la prueba. Pedro Canisio, Alvaro Alfonso y también Leonardo, escribieron a Fabro contando todo. Fabro lloró la muerte de Lamberto y escribió a sus amigos:

“Me he dolido enormemente, pero me consuelo que la muerte de Lamberto y su sepultura en la Cartuja los haya obligado a ustedes a echar raíces en Colonia. Ustedes lo saben muy bien, mi intención siempre ha sido permanecer en la ciudad y que no la abandonemos de ninguna manera”.

Esta exhortación de Fabro dio los frutos esperados: a los pocos meses el Decreto de dispersión fue anulado y la comunidad se reunió nuevamente, con algunas personas más, atraídas por la paciencia y el modo de vivir del grupo.

El prior de la Cartuja escribió a Fabro: “Usted no tiene que temer, querido Padre, yo no lo olvido. Continúe intercediendo por nosotros y yo me preocuparé por los suyos”.

Madrid.

Después de la muerte de su esposa, la princesa María de Portugal, el príncipe Felipe decidió trasladar su Corte a Madrid, y Pedro Fabro debió acompañarlos. Todos los grandes seguían los consejos de Pedro y se confesaban con él.

Desde Madrid, Fabro continuó con la misión dada por San Ignacio: ser el verdadero Padre de la Compañía que estaba naciendo en España. Se movía con frecuencia a Toledo, Illescas, Alcalá y Valladolid ejercitando sus ministerios.

Al Padre Simón Rodríguez le escribió:

“Hasta ahora se nos han abierto muchos caminos y me parece que no hay en el mundo un lugar como Castilla donde podamos tener mejores vacaciones”.

Le agradece las copias enviadas de las cartas que su amigo Francisco Javier ha ido escribiendo desde el Oriente:

“El gozo espiritual que por aquí se va descubriendo por vía de las buenas noticias de nuestro hermano Maestro Francisco es tanto en su grado, cuanto es la causa de ello en el suyo Nuestro Señor sabe cuán de buena gana enviara yo gente de mi parte para cooperar a tal obra, y de mejor gana iría yo en persona a ser uno de los que desean sus altezas que vayan. Nuestro Señor me dé gracia de poderme emplear en ello”.

En sus ministerios habituales: dando Ejercicios, predicando y visitando a los compañeros, estuvo Fabro hasta mediados del año 1546.

Llamado al Concilio de Trento.

El Concilio, después de varias convocaciones, siempre diferido por circunstancias inesperadas, pudo inaugurarse, por fin, el 13 de diciembre de 1545, en la pequeña ciudad de Trento.

Paulo III pidió a San Ignacio que designara a tres compañeros para que asistieran a él como teólogos de la Santa Sede. Ignacio convocó a los Padres Pedro Fabro, Diego Laínez y Alfonso de Salmerón, en este orden.

El Secretario de la Compañía escribió el 24 de febrero a este propósito: “Pareciendo a Su Santidad Paulo III, y ordenándolo, que algunos de nuestra Compañía fueran al Concilio, se ha elegido, uno de ellos, al Maestro Pedro Fabro; y así, con el presente correo va despachado para luego partirse con toda diligencia. Pareciera que él no ha nacido para quedarse quiero en una parte, y hay quienes parecen por su naturaleza inamovibles en un lugar, como Maestro Francisco en la India, Maestro Simón en Portugal, el licenciado Araoz en la Corte del príncipe y nuestro Padre Ignacio aquí en Roma”.

San Ignacio escribió de inmediato al príncipe Felipe, rogándole aceptar el nombramiento, y conceder su beneplácito. Y recurriendo a la influencia del Dr. Pedro Ortiz, para vencer las dificultades que podría presentar el príncipe le dijo:

“Su Santidad ha juzgado y ordenado que algunos de esta mínima Compañía asistan al Concilio. El Padre Pedro Fabro ha sido escogido para ir allí, junto con otros. Y para que él pueda emprender el viaje con el agrado de todos he escrito al príncipe. Por el amor de Nuestro Señor, yo deseo valerme del poder que usted tiene ante él. Así podremos cumplir con el deseo de Su Santidad. Yo he escrito al Padre Maestro Fabro y le he comunicado estas cosas. También le he indicado lo que deba hacer respecto a las cosas de la Compañía. Ruego a Dios poder cumplir en todo su Santísima Voluntad”.

El príncipe Felipe aceptó la voluntad del Papa y dio su consentimiento. Y Pedro Fabro se apresuró a tomar las medidas conducentes a su obediencia. Viajó a Toledo a despedirse de todos los conocidos y de todos los que lo habían favorecido en España. Después fue a Galpagar, a casa del Dr. Ortiz a despedirse. En Alcalá visitó a Francisco Villanueva y a los cuatro o cinco estudiantes. Llamó de inmediato a Antonio de Araoz para traspasarle, según las instrucciones de San Ignacio, toda su autoridad y el cuidado de continuar y completar aquello en lo que él había estado empeñado. Araoz escribió a San Ignacio:

“Yo estoy triste por perder al Padre Maestro Fabro y doy gracias a Dios por haber tenido la gracia de haber gozado de su presencia. Él siempre estuvo lleno de las misericordias de Aquel que es el Padre de toda misericordia y el Dios de toda consolación. Como él dirigía a muchas personas en el camino de la salvación, su partida nos ha hecho a todos derramar muchas lágrimas”.

El 20 de abril de 1546 Pedro Fabro salió de Madrid, habiéndose despedido por carta de su querido amigo, el Padre Simón Rodríguez, con el encargo de despedirlo de los reyes y de cada uno de los compañeros. Le dice:

“El Padre Licenciado Antonio de Araoz, por mandato de nuestro Padre, queda para residir en esta Corte, y a él queda encargada toda mi carga. Por amor de Nuestro Señor que siempre le ayudéis a llevarla”.

El 1 de mayo estaba en Valencia, y de todo le da cuenta, por escrito, al P. Antonio de Araoz. Viajó después a Gandía a visitar a los compañeros y a tratar con su gran amigo el Duque de Gandía, Francisco de Borja.

San Francisco de Borja.

Los primeros contactos de Fabro con San Francisco de Borja habían sido en los inicios de febrero de 1542, en Barcelona, cuando el primero regresaba a Alemania y el segundo era Virrey en Cataluña.

Las relaciones no terminaron ahí: el Marqués de Lombay siguió interesado por el acontecer en Alemania, y la correspondencia con Fabro fue el mejor de los medios. Gracias a la dirección de Fabro, Francisco avanzó en virtud.

En 1543, al morir su padre, Francisco heredó el Ducado de Gandía y se entregó de lleno al bienestar de sus vasallos, especialmente de los más pobres: la mayoría, moriscos. Muy pronto, en 1544, consiguió con San Ignacio, la creación de un Colegio jesuita, el primero en España, cuyos edificios y mantención serían provistos por el duque. San Ignacio envió a cinco compañeros desde Roma, y pidió que el P. Andrés de Oviedo viajara desde Coimbra para ser el Superior. La correspondencia entre Fabro, desde Madrid, y Borja, desde Gandía, se hizo muy asidua.

Por eso, la alegría de Borja fue muy grande cuando vio llegar a sus tierras a su venerado amigo. Doña Leonor de Castro había recién fallecido, el 26 de marzo de 1546, y el duque se entregaba de lleno a un serio discernimiento sobre su vida futura.

El día señalado para el comienzo de la construcción del Colegio, el 5 de mayo, Fabro dijo la Misa y después bendijo los fundamentos colocando la primera piedra. El duque colocó la segunda, el P. Andrés de Oviedo la tercera, Don Carlos el heredero la cuarta, y así cada uno de los otros hijos del duque. También se pusieron piedras en nombre de San Ignacio, de Laínez, Simón Rodríguez y Antonio de Araoz.

Después el duque habló largamente con Fabro. Le pidió que lo acompañara en el discernimiento de su vocación a la Compañía. Fabro le dirigió un Retiro y le aconsejó que hiciera el mes de Ejercicios Espirituales con el P. Andrés de Oviedo. Pedro lo acompañaría con la oración, pero no quiso estar muy presente, deseoso de no influir en demasía.

Regreso a Roma.

En Barcelona, Fabro debía embarcarse para Roma. Pero su salud le hizo nuevamente una desconocida. Unas muy fuertes fiebres tercianas lo postraron en cama y lo obligaron a desistir del viaje, por el momento. Escribió a San Ignacio explicando su tardanza.

La navegación no fue dura y a Roma llegó el día 17 de julio, con gran contento de San Ignacio y de los compañeros que desde hacía seis años no lo veían.

Con San Ignacio tuvo una conversación muy larga, de varios días, verdadera cuenta de conciencia. Con él repasó toda su vida en Alemania, Lovaina, Portugal y España, deteniéndose más en las personas a quienes había ayudado a discernir en el ingreso a la Compañía.

De una manera especial habló de San Pedro Canisio y de San Francisco de Borja.

No sabemos si San Ignacio le habló del proyecto del rey Juan III de Portugal para que él, Pedro Fabro, fuera designado como Patriarca en Abisinia.

Cuasi Patriarca en Etiopía.

No corresponde narrar aquí las múltiples negociaciones que precedieron a la erección del Patriarcado en Etiopía. Duraron años.

Las relaciones comerciales de los portugueses con los abisinios influyeron favorablemente en la opinión religiosa de los jefes de ese pueblo. Además, el poderío musulmán los atemorizaba.

El Negus, o Emperador de Abisinia, David, había enviado un Embajador al Papa Clemente VII, y su hijo Claudio quiso establecer nexos más sólidos. Por intermedio de Portugal, Claudio pidió al Romano Pontífice un Patriarca y dos obispos que fueran capaces de instruir al pueblo.

Juan III midió la importancia de este gesto y empezó a buscar a la persona más adecuada para esa misión. Quería a un portugués. Pero el P. Simón Rodríguez le indicó el nombre de Pedro Fabro como el más indicado, y Juan III fácilmente aceptó. Por intermedio de su Embajador en Roma, y del mismo P. Simón Rodríguez, empezó ante el Romano Pontífice y San Ignacio, las negociaciones que durarán años: hasta después de la muerte de Fabro.

Y cuando faltó el primero de los designados, San Ignacio propuso al Papa el nombre del portugués Juan Núñez Barreto, discípulo y vocación de Fabro.

Muerte de un santo.

Pero las fiebres tercianas volvieron, con una fuerza tal, que pareció temerse, desde el primer día, el fatal desenlace.

A todos Fabro edificó con su paciencia y entera entrega a la voluntad de Dios. El día 31 de julio de 1546 se confesó por última vez, recibiendo el Viático y los últimos Sacramentos. La comunidad entera pudo tener la gracia de asistir a la muerte de un santo. Ocurrió el 1 de agosto de 1546.

Sus restos fueron enterrados en la Capilla de Santa María de la Estrada. Y en la construcción de la nueva iglesia del Gesù su cuerpo fue trasladado, pero no quedó constancia del lugar donde fue puesto. Parecería que la modestia y sencillez de Fabro la quiso trasmitir también con ese gesto.

Canisio escribió desde Colonia:

“Aunque propiamente no debería llorar la muerte de mi querido padre Pedro Fabro, debo confesar que ha sido para mí muy amarga, de manera que el dolor que siento arranca de mis tristes quejas. Ayuden mi debilidad con oraciones. Espero que él nunca se olvidará de aquellos que él quería que permaneciésemos siempre en Alemania”.

Glorificación.

En Roma, todos los compañeros tuvieron por santo a Pedro Fabro, desde un comienzo. Las cartas que se escribieron así lo muestran.

San Ignacio ordenó escribir una Carta a toda la Compañía: “De la muerte del santo Padre Pedro Fabro”, en la cual dijo: “Como tenemos necesidad de amigos y de santos que cada día intercedan por nosotros, todos esperamos esto de él, porque cumplió siempre la voluntad de Dios”.

San Francisco Javier escribió desde Cochín el 20 de enero de 1548: “En este viaje desde Malaca a la India pasamos muchos peligros, tres días con tres noches, mayores de las que nunca vi en el mar. No me descuidé de tener por valedores a todos los santos, comenzando primero por los que en esta vida fueron de la santa Compañía, tomando primero por valedora la bienaventurada alma del P. Fabro”

San Francisco de Borja, en Gandía, compuso dos himnos en acción de gracias.

Los tiempos que siguieron a la muerte del P. Pedro Fabro, no eran todavía los del Papa Urbano VIII quien prohibió dar cualquier culto público sin permiso de la Santa Sede.

En Villaret de Saboya, catorce años después de su muerte, ya se había erigido una Capilla, bajo la advocación de los Apóstoles Pedro y Pablo, en memoria del Padre Fabro, en el mismo sitio donde estaba edificada la antigua casa del “Bienaventurado Pedro Fabro”. Todos los años, el 1 de agosto, se celebraba la fiesta patronal con una Misa solemne. Ese Santuario siempre se llamó la Capilla del Bienaventurado Pedro Fabro, el primer compañero de San Ignacio. Y fue un lugar de peregrinación, de peticiones y acciones de gracias por los favores conseguidos por su intercesión.

San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra, en la visita pastoral del año 1607, consagró el nuevo altar del Santuario, con asistencia de todos los feligreses de las parroquias vecinas. Y a petición del mismo santo Obispo, la Compañía de Jesús hizo escribir su vida.

El primer Proceso jurídico se realizó en 1596. Hubo otro en 1607. Pero el Proceso informativo sobre la vida, virtudes, fama de santidad y milagros que tiene mayor importancia fue el ordenado por San Francisco de Sales en Annecy, el 8 de junio de 1626. En este Proceso se recibieron los testimonios de 15 testigos y se adjuntaron una serie de escritos recogidos con anterioridad.

El Santuario de Villaret fue demolido en los tiempos de la Revolución Francesa, como muchos otros santuarios en el país.

Pero pronto, en 1823, fue reconstruido en forma magnífica, debido a la gran devoción de los saboyanos por su compatriota, y siguieron acudiendo masivamente a venerarlo.

La Compañía de Jesús acogió, al fin, el clamor de todos los compañeros y de los saboyanos. Solicitó a la Santa Sede otro Proceso formal, el cual se celebró también en Annecy en el año 1869. Después de un serio examen de los documentos y de los Procesos anteriores, la Congregación de los Ritos aprobó el procedimiento.

El Papa Beato Pío IX ratificó, el 5 de septiembre de 1872, el culto inmemorial del P. Pedro Fabro de la Compañía de Jesús, declarándolo Bienaventurado.