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Autobiografía Teológica de Pedro Trigo

Un teólogo del Vaticano II desde la Iglesia de los Pobres

Cristianismo personalizado y militancia con mística

Nací en la postguerra española, en una sociedad traumatizada y en ruinas, que trataba de ponerse en movimiento sin tener fuentes dinamizadoras y con un control político y militar férreo. Pero también con la determinación tenaz de levantarse de su postración y con un ansia indomeñable de vivir y de aprovechar la paz impuesta para concentrarse en ello.

En esta situación un tanto fúnebre, cargada de tensiones soterradas, convaleciente, pero poseída, a pesar de todo, por las ganas de vivir, la Iglesia era una institución clave, como el cristianismo, que se pretendía que fungiera de cemento social y de pacificador de las conciencias, a la vez que de control moral, función no tan fácil de cumplir porque en la contienda había sido militante.

Gracias a Dios, el párroco que conocí durante mi infancia y parte de mi adolescencia, atenido a la esfera de lo sacral, nunca hizo alusiones políticas ni tenía acepción de personas: no se lo veía, ciertamente, con los vencedores[1]. La religión estaba más adentro de las personas y más allá de lo político. De todos modos sí era cierto que no pocos se dejaban ver por la Iglesia en los últimos bancos para que no se los viera mal y que otros se sentaban ostentosamente en los primeros y trataban de apuntarse en las manifestaciones religiosas procurando ganar en honorabilidad y representatividad.

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